Al principio quería que fuera creyente. Tampoco es necesario que sea una meapilas, es más, resulta imprescindible que no lo sea, pero al menos que crea, que respete ciertas cosas, que no cruce por el medio de las procesiones, que no celebre los solsticios como si fuéramos una tribu caníbal ni me haga pasar vergüenza recibiendo pseudo sacramentos en la playa, como una becaria de El País. También quería que fuera trabajadora. Pensaba que si ella es así, entenderá que yo también lo sea, que trabajo mucho, que paso las tardes escribiendo, que no soy un animal de compañía, que estar con un escritor no es exactamente lo mismo que pasear a un bulldog por Mayfair, aunque en ocasiones pueda parecerse. Que los sábados me gusta madrugar para ponerme de mala leche desde temprano confirmando lo bueno que es el cabrón de Merino y que, en definitiva, no doy el perfil de acompañante a IKEA ni a cualquier otra franquicia con la que quieran arruinar la aristocracia con la que me enfrento a mis mañanas libres.

E inteligente, claro, que sinceramente a mi me da igual que sepa o no resolver ecuaciones diferenciales, pero no es mucho pedir que sepa cuales son nuestros intereses para trabajar a favor y no en contra de ellos. Los animales lo saben de modo instintivo, aunque, ahora que lo pienso, quizá esto sea una forma como cualquier otra de fascismo heteropatriarca. Y ahí engancho con el siguiente deseo: que no sea ni de extrema derecha ni de extrema izquierda, que no tengo ganas de pasarme los telediarios discutiendo macarradas. Imprescindible que no diga ‘dijistes’ por ‘dijiste’ ni se bese los dedos después de santiguarse, a la altura del ‘amén’, por Dios. No creo que sea mucho pedir que me dejara leer sin interrupciones constantes, sin demandas incesantes de atención y que los domingos por la mañana no me sorprenda con planes súper especiales. Prensa, cocido, fútbol, la cosa no da para mucho más. Ha habido domingos que he acabado las noventa páginas de El Norte a las tres de la mañana. 

Entiendo que esto es un aburrimiento para una de esas chicas que solo quieren divertirse, que repiten sin parar que «qué ‘fantasía’ es esta», que se pasan la vida pensando en mini vacaciones, mini desconexiones, mini visitas exóticas y mini chorradas del estilo, pero no engaño a nadie: soy un hombre normal, no Hugh Grant, ni un parque de atracciones, ni un heterocurioso ‘gender fluid’ ni me como los brotes de soja con perspectiva de género.

Y buena, que sea buena, de buen corazón, generosa, con escasa propensión al conflicto y a la intensidad emocional, que no critique al resto ni se compare con los demás ni me dé su opinión acerca de cada una de las decisiones de cada una de las personas que conoce. Que utilice el cinismo para teñir su pasotismo de elegancia. Por supuesto, quería también que fuera guapa, de una belleza evidente, como de meteoróloga, de amplia sonrisa, ojos grandes, hoyuelos profundos. Todo eso quería yo antes: una mujer guapa, buena, inteligente, generosa, creyente, desapasionada, aburrida, trabajadora, independiente, cínica, moderada y comprensiva. Hoy por hoy me conformo con que no tenga pene.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 12 de enero de 2021. Disponible haciendo clic aquí)