La revolución comunera es uno de los episodios de la historia cuyo análisis trae consigo un mayor riesgo de caer en el llamado ‘sesgo de confirmación’ o, si se prefiere, en la profecía auto cumplida. En definitiva, es sencillo dejarse tentar por la construcción del relato que mejor encaje con nuestros deseos previos. Pero la historia no es una serie de ciencia ficción y no se puede proyectar creatividad en la descripción del pasado, por definición ya creado, inalterable. Aunque, en realidad, cada vez estoy más convencido de que un evento no termina hasta que no se interpreta, hasta que no se le da un sentido, por lo que la imaginación –la manipulación– comienza a formar parte del hecho descrito, tanto como los datos asépticos, precisos, fríos como la luz de un quirófano.

Que es muy fácil decir tonterías, vaya. Y doy fe que, en este asunto se dicen, muchas y de modo incesante. Uno va a la campa el 23 de abril y ve, por un lado, banderas de Venezuela, hoces y martillos y, por otro, sesudos tratados de neoliberalismo político en el siglo XVI. Ve cómo, por un lado, se interpreta a los comuneros como garantes del cambio y la modernidad y a Carlos V como el pasado, y, por otro, se ve al Emperador como un moderno europeísta y revisionista frente al espíritu conservador e inmovilista de los comuneros, que encarnarían la tradición y los privilegios medievales. En cualquier caso, vemos a todos reivindicarlo todo, y eso, más allá de interpretaciones, no es posible. O una cosa u otra, no se puede ser comunista y liberal a la vez, no se puede pretender implantar una dictadura y a la vez alabar el control al poder y la fijación de límites a su acción. Pero se hace. Y vemos cómo los comuneros son reivindicados por la izquierda y el populismo chavista y, a la vez, por los liberales, es decir, por la antítesis de esa izquierda. Poco tienen en común liberales y socialistas excepto la insoportable superioridad moral con la que te hablan, como perdonándote por tu tremendo error al no ser de los suyos. 

Por otro lado, intentar mirar un episodio del siglo XVI con los ojos de un ciudadano europeo del XXI es absurdo, pero, sobre todo, es una pérdida de tiempo. Entre otras cosas porque nosotros conocemos el final del episodio y sus propios protagonistas, mientras se desarrollaba, no. Por eso, se puede tender a interpretar los actos con las consecuencias de los mismos ya en la mano, como si conociéramos el futuro al analizar el pasado, como cuando hacemos el jeroglífico del periódico mirando la respuesta de reojo. Bien, eso es exactamente lo que estamos haciendo, mirar desde el futuro, hacer trampas al solitario, tensar los sucesos hasta que se amolden a nuestra cosmovisión, hasta que encajen en nuestro propio prejuicio. 

No podemos conocer las opiniones que tendrían personas nacidas a finales de 1400 acerca de conceptos tan modernos como el liberalismo, la monarquía constitucional o incluso la monarquía parlamentaria ya que ni si quiera existe el concepto de Estado. Es sencillamente imposible. Y no sabemos si lo que querían los cabecillas comuneros era eliminar privilegios a la Corona o precisamente lo contrario, es decir, mantener sus privilegios, los de la nobleza castellana, frente al riesgo que suponía la llegada a la Corte de los flamencos de Carlos V. Este dilema es clave. O es una revolución de la burguesía o de la nobleza, o se trata de un asunto fiscal y económico o de un asunto de mayor calado que engancha con lo político y, por lo tanto, aunque sea de refilón, con lo filosófico.

En realidad, socialistas, comunistas y liberales son hijos de la Ilustración, que no llegaría al mundo hasta mediados del XVIII. Al mundo, pero no a Castilla, que tiene un adelanto de la Ilustración en forma de Humanismo justo en este momento de la historia. En esta tierra, como nos recuerda Jean Dumont en su extraordinario libro, se da el amanecer de los derechos del hombre, es decir, un protoliberalismo acompañado de una producción científica, cultural, artística, y jurídica de primer orden, aunque aquí algunos aún no se hayan enterado. Cabe recordar, entre otras cosas, que el muy ilustrado Locke, era esclavista aún en 1700. Aquí la esclavitud la abolió ya Isabel la Católica, es decir, la abuela de Carlos V. Y que en la Controversia de Valladolid se debatió el justo título sobre América, algo que, a los ingleses –que aún a fecha de hoy consideran que cualquier ‘res nullius’ es propiedad de la Reina–, evidentemente les suena a chino.

Por eso, para saber si esta revolución es o no un fenómeno liberal, primero deberíamos definir el liberalismo y eso es, hoy, harto complejo. Siempre he pensado que el liberalismo es una cosa demasiado importante como para dejarla en manos de los liberales. Hoy por hoy, se está identificando demasiado el liberalismo con el liberalismo económico y, eso, a su vez, con el anarcocapitalismo más adolescente, ese ‘laissez faire’ pueril amplificado por las redes y su escaso reposo intelectual, amén de los ‘lobitos’ de plaza de Castilla. Sin embargo, el liberalismo es mucho más que eso si lo entendemos como sinónimo de democracia liberal, como sistema político, como movimiento en el que se fundamentan tanto el Estado de Derecho como la democracia representativa y la división de poderes. 

La democracia española es heredera de la Revolución Francesa, que es el germen histórico del populismo como se encarga de recordarnos Edmund Burke. Esa revolución lleva en su germen el liberalismo igualitario de los jacobinos y, por lo tanto, una defensa del Estado como garante y defensor de esos derechos, de esas libertades. Pero el Reino Unido y los países bajo su ámbito de influencia, reciben –conquistan– la democracia como una manera de garantizar la libertad del individuo y de protegerle frente al estado, es decir, exactamente lo contrario. Allí, el Estado es un sospechoso potencial y la democracia forma un sistema de garantías para que ese malvado Leviatán no abuse de su poder frente al individuo. En Francia no. En Francia, la democracia se identifica con el Estado, es el Estado mismo. Y ese concepto Estado/democracia no tiene como objetivo y razón de ser la protección de la libertad del individuo sino la supervivencia misma del pueblo e incluso su bienestar. En este sentido, la Revolución Comunera estaría mucho más cerca del liberalismo sajón –limitación del poder real, respeto de las Cortes, juramento de los fueros, es decir, del derecho– que del francés.

La revuelta de las comunidades de Castilla supone, por lo tanto, para muchos, la primera revolución liberal de la historia, nada menos que 150 años antes que la revolución inglesa y 250 antes que la francesa y la americana. Para otros nada de eso. Será el lector el que juzgue. Lo que debemos tener claro es que aquí se consiguió un esbozo de Constitución para limitar el poder real y dar representatividad a las Cortes y comunidades cuando otros estaban pastoreando ovejas en los Cotswolds. 

La derrota de los comuneros sumió a Castilla en una cierta decadencia en algunos ámbitos. Por ejemplo, hizo que los burgueses desaparecieran y, como dice Joseph Pérez, «sus hijos abandonaron los negocios para entrar en las universidades, en los cargos públicos, en las órdenes, cuando no eran tentados por la aventura colonial o militar -Iglesia o Mar o Casa Real–; el ideal de la renta se convirtió en la principal preocupación de una sociedad, junto al ansia de consideración social –afán de hidalguía–». 

La diferencia entre nuestra revolución y el resto es que esta la perdimos y, supongo que, por eso, ni se respeta ni se considera. En Castilla, tuvimos razón antes de tiempo y eso –como por todos es sabido– es imperdonable. Sobre todo para nuestros enemigos, entre los cuales ninguno tan cruel como nosotros mismos.

(Esta columna se publicó originalmente en el ESPECIAL COMUNEROS de El Norte de Castilla el 31 de enero de 2021. Disponible haciendo clic aquí).