Si yo fuera Puigdemont -es un suponer- tendría claro que no me voy a pasar el resto de mi vida en Flandes comiendo mejillones con salsa holandesa y contando la historieta de la cerveza esa belga tan artesana a las visitas de lerdos e ilerdenses que vengan a verme a Waterloo. Que en algún momento tengo que volver a Gerona a comer butifarra en primavera y calçots en invierno, aunque solo sea por el ácido úrico, vaya. Quizá no quiera, quizá no le apetezca, quizá la cobardía le salga por cada pelo de la peluca esa que se gasta como de espía nacionalpaleto en un cómic de Bruguera. 

Pero es evidente: antes o después ha de volver. Las relaciones diplomáticas cambian, los gobiernos caen, Europa es imprevisible y tremendamente práctica y es cuestión de tiempo que una orden en tiempo y forma por algún asunto que ahora mismo ni se nos puede ocurrir acabe con una extradición al calabozo del Supremo. Por lo tanto, una vez está claro que algún día me toca volver, la única pregunta sería cuándo. Si yo fuera él -es un suponer- tendría claro que ese momento será el que más me interese a mi. Es decir, si está claro que volveré por las buenas o por las malas, más que nada porque en algún momento me van a pillar, prefiero volver cuando yo estime que es mejor para mi defensa y mis intereses y no cuando diga el estado opresor y el bulldozer de su maquinaria, que estará en manos de PP, Ciudadanos y VOX cuando en 2024 deje de ser europarlamentario y pueda, por lo tanto, ser extraditado.

Bien, pues si yo fuera Puigdemont -es un suponer-, tendría claro que el momento es ahora. Ya. Inminente. Antes de las elecciones catalanas. El otro día me dio por pensar en nuestro muy poco honorable Carles saliendo por sorpresa en un mitin en la plaza de San Jaime para entonar un nuevo «ya estoy aquí» que reviente la campaña electoral por los cuatro costados y otorgue la mayoría absoluta a Laura Borràs que, según asegura, comenzaría de modo inmediato un nuevo proceso activando la independencia que, en sus delirantes cabezas, está ya declarada y suspendida. Es decir: llego, la lío, me detienen, me llevan ante el juez y al calabozo en prisión condicional hasta que me juzgue. A comer mejillones, pero en lata. De modo inmediato, se organizan ‘espontáneamente’ manifestaciones multitudinarias de apoyo – ¡a Barrabás, a Barrabás! – y la campaña se centra exclusivamente en mi. El resto no existe.

Y mayoría absoluta. Esa sería mi principal arma en la mesa de negociación: la mayoría absoluta y la nueva declaración unilateral de independencia. Ahora llega el indulto, pero para que te indulten es necesario estar juzgado, no se te puede indultar una pena a la que aún no se te ha condenado. Eso sería una amnistía, que aunque también puede darse, es una figura diferente.  Con un matiz, en esta ocasión, tengo a cinco ministros y un vicepresidente del gobierno del Reino de España a mi favor y opinando ante la comunidad internacional -no me creo que lo del otro día fuera inocente- que soy un preso político y un exiliado. O dicho de otro modo, que mi encarcelamiento será motivo de una crisis de gobierno automática y de un más que previsible adelanto electoral ante la ruptura total entre Podemos y el PSOE gracias a mi sola presencia en los castells de Ciutat Vella. O negociamos indultos y amnistía o traigo el caos. Recordemos que estoy en la cárcel, la calle en llamas, mi partido con mayoría absoluta en el Parlamento Catalán y a punto de declarar de nuevo la independencia, ERC aniquilados electoralmente, el gobierno español roto y a punto de ir a elecciones generales en medio de una pandemia devastadora, la bolsa hundida y con 70.000 millones sin repartirse. 

Ese es el escenario. O si lo prefieren se lo piensan bien y me aseguran indulto o amnistía o reforman el delito de sedición. Lo que sea, pero ya. Tengo en mi mano el poder de reventarlo todo y ese es un superpoder con fecha de caducidad: el 14 de febrero. A partir de entonces, llega la kriptonita y me vuelvo un vulgar eurodiputado y paso de ser pieza de caza mayor a una pobre liebre asustada. ¿Qué día he de llegar entonces?

Santa Eulalia nació en Barcelona a finales del siglo III, en plena época de persecución a los cristianos por parte del emperador Diocleciano. La niña, con 13 años y harta de este maltrato, fue a buscar al gobernador de Barcino -hoy Sarriá- para echarle en cara esta represión de Roma -malvados imperialistas- contra los cristianos -bondadosos catalanes-. El gobernador no solo no le hizo ni caso, claro, sino que, además, le condenó a trece martirios, uno por año. 

Bien, pues Santa Eulalia es la patrona de Barcelona y su festividad se celebra el 12 de febrero, un día antes de la jornada de reflexión. Todo simbolismo y todo a huevo. Si yo fuera Puigdemont -es un suponer- me lo pensaría.