No es casual que el día elegido para escenificar la ruptura haya sido el 15-M. Iglesias vive instalado en una serie de Netflix y, en ella, interpreta el papel de un guionista atormentado que nos da señales, que nos ofrece pistas de lo que vendrá en los siguientes capítulos a través de un simbolismo propio, como cuando mi hija de diez años habla con sus amigas en un idioma secreto porque cree que así no la entiendo. Iglesias intelectualmente no es mucho más que eso, un adolescente que vive instalado en su propia mitología, la del 15M, la del lirismo perroflauta y la afectación kumbayá. 

Él se cree Frank Underwood, pero, en realidad, está más cerca de Los Serrano que de Los Soprano. Sospecho que estos días ha vuelto a ver las fotos de aquellos días en Sol y se ha puesto tontorrón, melancólico, revolucionario. Y claro, cuando a un profesor progre le pasan estas cosas no les da por investigar o por corregir tesis de fin de grado, sino por montar manifas primaverales, con su astenia e histamina. Creo que ha sido por lo de Hasél. Es ver contenedores ardiendo y puños en alto y querer volver a salvar a la gente, pero esta vez de sí mismo y del gobierno que vicepreside. Confirmamos así que todo odio es auto odio y que no hay mayor rencor de clases que el que surge contra uno mismo. Que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender en marzo.

El 15-M representa su subterfugio ideológico, un retorno al lugar en el que se siente seguro, es decir, la nada, apenas una nana rapera en la que descansar cuando las cosas se ponen difíciles. La moqueta está bien, pero llena de ácaros. Nada como la calle para ventilarse de nuevo, para respirar el aire contaminado del progreso madrileño. Nada como una precampaña para capitalizar el descontento, nada como unas manifestaciones antisistema el próximo día 20 para ponerse al frente de los suyos, como la ‘Libertad guiando al pueblo’ de Delacroix pero al revés, un pastor que lleva al rebaño libre de vuelta al establo. Veremos cómo vuelve el Pablo auténtico, cambiaremos Consejo de Ministros por un restaurante indio en Lavapies y la cartera por mochila. Sobre todo: cambiaremos moño por coleta.

No es esta una decisión contra Ayuso. Ni si quiera contra Vox. Esta decisión es contra Sánchez y sus flirteos con Arrimadas pero también contra Errejón y sus eco-miraditas. En realidad, es una decisión contra su propia sombra, que es a lo que ha venido, a ajustar cuentas con todos los que en alguna ocasión han osado antagonizarle. En el simbolismo de la serie que cree interpretar hay un capítulo que se titulaba ‘O César o nada’. Y un día se dio cuenta que quizá estaba más cerca de nada que de César; que él venía a tomar el cielo por asalto y se va a quedar en delegado del distrito de Fuente del Berro.

Es más que posible que vayamos a un escenario de elecciones este otoño y él lo sabe. A esas elecciones ha de ir escenificando una gran ruptura con el PSOE que le devuelva un espacio propio. Es más que probable que, en las mismas, Pablo llevara a Podemos a un resultado espantoso y que, si Sánchez acabara gobernando, lo hiciera sin necesitarle a él. ¿Y puede Pablo Iglesias ser un diputado raso? ¿Puede el gran niño mimado asumir que finalmente se quedará al lado del de Teruel Existe en en un escaño perdido arriba, mirando como los maceros custodian a otro?

Evidentemente, no. Este movimiento le habilita la salida épica, le abre la trampilla del arrojo, le permite vender el discurso de haber preferido liderar la resistencia al calorcillo del coche oficial. Es una decisión que transforma el ayusiano ‘Libertad o comunismo’ en un coletudo ‘Democracia o fascismo’. Pero nos sabe a poco. Puestos a poner en escena a los primeros espadas, hubiéramos preferido que Podemos presentara a Maduro.

Muchas veces hay motivos mucho menos complejos. Los políticos son solo hombres, bocas secas, malas noches y llevo tiempo sospechando que Iglesias quiere dejar la política. Quizá esta sea la mejor manera, la que le inhibe de la culpa, la que impide que metabolice la acusación global de cobardía, la que le permite irse a casa como un feminista dejando a su mujer el protagonismo político de la empresa familiar durante un par de años. Es el torero desesperado que no se da cuenta que no hay nada más degradante que irse a portagayola a buscar orejas populistas. Pero su vida ya es otra. Su sueño es ser consultor político, profesor de alguna ‘boutade’ postmoderna como, por ejemplo, ‘TV Shows y revolución’, asesorar a bigotudos líderes centroamericanos en elecciones dudosas y firmar un contrato en una productora para conducir un programa de entrevistas en Prime Time que comience con David Simon.

No tengo tan claro que le salga mal. Por encima del 62%, Ayuso tendrá problemas y no cabe duda que Iglesias movilizará el voto poniendo a mover las aspas de los molinos quijotescos. Tendrá, sin duda, buen resultado. Pero, aún así, los molinos no serán gigantes y quizá movilice más al centro-derecha que a los suyos. Y ese será su éxito, la guinda perfecta a su plan: una derrota final que ponga punto y final a este relato que ya no tiene salida. No me extrañaría que tuviera escrito un diario secreto que saliera a la luz en breve. No descarto tampoco una ‘biopic’ infumable sobre su vida y obra. No descarto si quiera un musical con banda sonora de Ismael Serrano y dirección de Juan Carlos Monedero. Pero recordemos que, por el camino, se habrá cargado a Izquierda Unida. Y ese es un servicio final a España que jamás le agradeceremos lo suficiente. 

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 16 de marzo de 2021. Disponible haciendo clic aquí)