Aún recuerdo las palabras de mi hija aquel día de primavera. Ella tendría dos o tres años, no lo recuerdo bien y tampoco me voy a levantar para averiguarlo. Me dijo: «Te quiero porque te miro». Recuerdo que me quedé mirándola con una cara como de resolver raíces cuadradas, como queriendo decidir si lo que quería decirme es «si no te quisiera no te miraría» o quizá «soy capaz de quererte porque soy capaz de observarte» o directamente «te miro porque te quiero», «hablas porque te escucho», «eres porque soy aquí y ahora». Es decir, en definitiva, «soy para que seas», «existes para que exista». Aún no tengo ni idea de lo que quería decirme y cuando se lo he vuelto a preguntar ha puesto esa cara que ponen las niñas cuando sus padres ponen cara de resolver raíces cuadradas. Pero algo me quedó claro y es que había una niña mirando, que soy un secundario en una historia de la cual ella es la protagonista, que soy padre porque ella es hija. Que soy porque es y que soy para que sea.

El sentido de mi vida, así, a lo bestia, me llegó en una noche de pandemia: esto es una carrera de relevos en la cual lo que pasamos al de delante no es un trozo de madera sino ADN, información genética, es decir, Dios dando órdenes a tus hormonas desde dentro de cada célula para que seamos capaces de llegar de nuevo a él, remontando la historia, como los salmones. Y no soy yo el que llegará a la meta, sino ella, o sea, yo proyectado en el futuro, porque, en realidad, somos lo mismo autorrenovándose. Mi labor, por lo tanto, es correr hasta desfallecer y entregar así el testigo en las mejores condiciones para que sea ella quien haga los últimos 100 metros con los brazos levantados, posando para la foto, saludando a las gradas y tirando besos a las cámaras.

Es ella el objeto, todo ha sido por ella, toda la alegría y toda la pena que caben en una vida, todo el esfuerzo y todas las mañanas de viernes como pudiera ser esta misma, todo, absolutamente todo lo que pasa en la vida es apenas una introducción para ser padre, como si pudieras elegir las vivencias necesarias para llegar al capítulo uno, como si se pudieran escribir los primeros capítulos una vez escritos los segundos, como si eligieras situaciones para que la historia llegue a donde tiene que llegar, a ella, a la vida. Al amor. Todo -repito-, ese amor, el desamor, el trabajo y la risa, todo han sido señuelos, zanahorias para seguir tirando del burro hacia la verdadera meta, que es haberte dado la vida, hija, haber corrido el telón de este glorioso teatro en el que soy actor, público y regidor, en el que estoy a la vez en la tramoya y en la platea haciendo -créeme- todo lo que puedo y de la mejor manera que me resulta posible.

Hoy es san José, uno de los santos peor tratados en nuestra tradición. Tienen más fama otros y no entiendo por qué la gente no se abraza a la causa sino al efecto. Debe parecer poco sacrificio haber acompañado a Jesús en su infancia, debe resultar insuficiente ser el maestro del Maestro, debe haber sombra en el discreto segundo plano, debe verse como poca cosa haber cuidado de María sin luces ni cronistas, debe ser poco comercial el hecho de aceptar lo que se le venía encima sin histerismos, cumplir su misión en silencio, sin aspavientos ni barroquismos tremendistas. No vende limitarse a trabajar, inspirar, proteger y callar. Es decir, a amar.

La paternidad es hoy apenas una tara, el varón un asesino en potencia y el hombre un lamentable error que se ridiculiza. Y mientras todo eso sucede, mientras el mundo hace el ridículo, yo sonrío por la calle como sonríen los locos, porque llevo de la mano a mi hija, porque solo he sentido la verdadera dimensión de la palabra ‘hombre’ cuando he sido padre, porque solo he entendido quién soy yo cuando he visto mi corazón latiendo en otro cuerpo. Todo lo anterior era un cargo provisional, un salvoconducto que caduca, un día de puente. No sé qué sentirán otros y no sé qué sentirá una madre, pero me da igual, yo no quiero competir con nadie y si hay algo que odio es el benchmarking. Solo quiero expresar hoy, como siempre, que no me interesa ningún amor que no sea eterno.

No creo que haya nada más importante para una niña que crecer viendo a un padre decente, a una persona buena, limpia y trabajadora, no pido mucho más. Una persona honrada que la quiera, que la haga sentir querida, importante, y protegida. Buena y digna. Somos un eterno segundo plano, un fotograma sordomudo, pero un fotograma que la ayudará a conformar su realidad, su visión del mundo y su visión de sí misma. Las expectativas, el respeto y, sobre todo, el autorrespeto. Me temo que una niña se ve como la ve su padre. Cada palabra es un decreto y la autoestima y la dignidad se construyen en la cuna.

Necesitamos hombres correctos, educados, serviciales. Hombres que callen mucho y lloren poco. Hombres protectores, hombres fiables, honestos, serios. Hombres hechos, hombres comprometidos con los suyos, hombres defensores, hombres respetuosos, hombres que, aunque tengan pocas certezas y algunas dudas, actúen siempre con el sentido de la responsabilidad. Hombres poco aventureros. Hombres que no fallen.Hombres buenos, hombres libres. Hombres que traten bien a las mujeres, no como idiotas, no como niñatas, no como dueñas, no como esclavas.

Hoy es san José y yo felicito a mi hija porque me da la gana. Supongo que al final conseguí comprenderlo, conseguí descifrar que sin padre no hay hija, pero, sobre todo, que sin hija no hay padre. O dicho de un modo mucho más brillante y certero: que te quiero porque te miro.

(Este texto se publicó originalmente en EL DEBATE DE HOY el 19 de marzo de 2021. Clic aquí para acceder al texto)