Si un día, en un acto de rebeldía, se quita la mascarilla en plena calle, cierra los ojos y respira profundamente, verá cómo los recuerdos se agolpan como cuando te topas sin previo aviso con el perfume de un antiguo amor. Uno nota cómo se le acelera el corazón, por si el olor fuera la antesala de la presencia y se coloca las gafas de sol como un escudo protector que ponga distancia entre el recuerdo y las ojeras. Luego nunca hay presencia y el olor se diluye en la mañana mientras olfateas la primavera como un loco, mirando al cielo como un gato que quisiera poseer el sol con los ojos cerrados. Las señoras te miran con esa cara

 que se les pone cuando se encuentran a hombres olfateando primaveras, te miran con la indiferencia de su media sonrisa y siguen su camino. Todo sigue, excepto tú, que, de algún modo te quedas atrapado en ese momento con un pinchazo en el corazón que no se irá hasta por la tarde, un nudo de doble lazo en el estómago y la epidermis como una nube de endorfinas. Todo por un olor, todo por convocar a las hormonas a ese acto sagrado que son los recuerdos sin premeditación. 

Desde que hay mascarillas no ha vuelto a haber olores, ya no se siente el petricor de la tarde, ni el olor a limpio que tiene el mundo por la mañana, ni te despierta el suavizante de la ropa tendida de la vecina de abajo, que es la mayor pureza, un abrazo pálido que cura las resacas, como una abuela que viene a besarte desde el pasado, o desde el futuro, vaya usted a saber. El verdadero amor es cuántico.

Esto me da esperanzas. Es posible que sin registro olfativo podamos olvidar este año, resetearlo como se resetean las noches perdidas, que son lágrimas y van al mar. Yo no quiero olvidarlo del todo y, por eso, de vez en cuando, me quito la mascarilla como un terrorista y aspiro con todas mis fuerzas este abril precipitado, este abril que se nos va de las manos para que los viejos recuerdos se superpongan a los recuerdos nuevos, los colonicen y claven su falsa bandera. Es una manera de sortear esta falla que se nos ha abierto en la vida, bajo los pies. Solo necesito un salto de fe, como Kierkegaard, sortear la grieta y tirar la mascarilla al infierno para recordar, por fin, lo bien que huele el mundo.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 26 de abril de 2021. Disponible haciendo clic aquí).