Uno escucha tantas tonterías, tantas imprecisiones y tanto rebuzno que creo que va siendo hora de que alguien elabore un manual para que podamos insultarnos con cierta solvencia, sobre todo ahora que estamos en campaña y las vergüenzas intelectuales de cada uno quedan más a la vista. Podría patrocinarlo Mahou y dejar un ejemplar en cada plató de televisión, cada estudio de radio y cada barra de bar del país, igual que antes se dejaba la guía telefónica junto a ese teléfono gris que cobraba las llamadas por pasos. Somos viejos. Sigo. Creo que antes de insultarnos y tirarnos epítetos a la cara, deberíamos ser capaces, al menos, de acotarlos. No se puede construir sobre la base de un negativo, y, por eso, solo sabiendo lo que algo es, podremos afirmar lo que no es y por qué. Como consecuencia, podremos saber lo que nosotros somos o no somos y, finalmente, podremos insultar al otro, pero bien, en condiciones. Vaya por delante que yo no soy nada. Como mucho, pienso cosas, pero esas cosas no constituyen mi identidad, mi ser. Además, la ideología es un recurso para gente que no quiere o no puede discernir cual es la mejor solución para un problema concreto, en la situación actual y con los medios de los que dispone. Me parece mediocre encajonarse en un sistema de creencias holístico y acudir a él, bien para defenderse, bien para buscar una solución precocinada entre el catálogo de esquemas mentales automáticos, como cuando los niños juegan al pilla-pilla y se meten dentro de una zona imaginaria a la que llaman ‘casa’. Se busca la inmunidad de rebaño, pero ideológico. Vamos, que si tú me llamas tibio, yo te llamo res.

Por ejemplo: usted podría ser un fascista y no saberlo. Para averiguarlo debe hacerse una pregunta. ¿Es usted un italiano de los años 20 y 30? Si la respuesta es no, puede tranquilizarse: usted no es un fascista, diga lo que diga su cuñado de la Complu. Fascismo no es sinónimo de dictadura, ni dictadura lo es de totalitarismo. El fascismo fue un sistema político italiano que, en lo social y en lo relacionado con la defensa del trabajador, se encontraba muy a la izquierda del Podemos actual, que serían vistos por los fascistas como unos cantamañanas burgueses. Vamos, lo que son. Su cuñado esto no lo sabe porque en España nunca ha habido fascismo. El franquismo fue un régimen militar desideologizado que utilizó a Falange para dotarse de cierta carga intelectual. Pero el falangismo tampoco es fascista, sino una cosa rara, una rama del socialismo no marxista, de corte sindicalista y muy católico, algo genuinamente ibérico, como el jamón de bellota. Así que a usted le podrían llamar fascista, franquista o falangista, pero nunca todo a la vez. Si algún chavalito de Podemos o Más Madrid ha sido capaz de leer hasta aquí, cosa que dudo, es posible que ya haya cortocircuitado, pero da igual, nosotros seguimos. Decía que, en España, el fascismo no triunfó porque es un producto del laicismo y de la modernidad que, además, glorificaba la juventud, frente a lo clerical, tradicionalista y reaccionario de la derecha española durante casi todo el siglo XX, así que agua y aceite. Chúpate esa, tertuliano. A otro perro con ese epíteto.

Otra manera de saber si usted es un fascista es saber si usted sigue vivo. Póngase la mano en el corazón. Si su corazón palpita, usted puede salir a la calle tranquilo, usted no es un fascista, ya que el fascismo hoy no existe más que en la imaginación de algunos nostálgicos de izquierdas. Lo que tampoco existe en España, por cierto, es el populismo, que es otro término que conviene matizar al columnista de turno. Populismo no es demagogia, no es retórica, no es simplificación de mensajes. Eso lo hacen todos. El populismo es una corriente fundamentalmente sudamericana que nace de la pobreza, que es indisociable de ella y que pretende subvertir un orden social para que los grupos perdedores -no las clases- tomen el poder. Es decir, un pseudo fascismo de fondo que no utiliza la fuerza sino los votos. Perón, por ejemplo. Un comunista no puede, por lo tanto, ser populista porque un comunista desprecia profundamente al pueblo y no quiere subvertir el orden para dar al pueblo el poder, sino para dárselo al partido, es decir, cambiar una élite por otra. Quitar a los que hay para ponerse ellos, vamos. Nada más elitista que un comunista. Em ese sentido, los respeto.

Pero fascismo y populismo tienen más cosas en común, como, por ejemplo, su profundo antiliberalismo. No se puede ser a la vez fascista y liberal como no se puede ser al mismo tiempo liberal y comunista. Yo creo que esto es algo que debe ser explicado a ese twittero que insulta a Vox llamándolos neofascistas ultraliberales. A ver, a un lado los que los critican por ultraliberales y a otro los que lo hacen por neofascistas, pero, por favor, separados y en orden, no sea que se den cuenta de lo que están haciendo y se peguen entre ellos. A su vez, hemos de recordar que el liberalismo no es lo mismo que liberalismo económico ni libre mercado lo mismo que capitalismo. Yo adoro el capitalismo y, por ello, espero que no haya nunca un mercado libre sino uno controlado por un estado fuerte que lo regule, que administre justicia, que garantice carreteras, mucha policía y asegure unas reglas que no conviertan el ecosistema en una selva. Porque, entre otras cosas, en la selva no hay mercado. En la selva hay cadáveres. Por cierto, para que se puedan hacer negocios es necesario que no haya revoluciones, es decir, que la gente no pase hambre, tenga sanidad y sus hijos educación, porque, sin ello, tienden a ponerse nerviosos y es difícil ganar dinero cuando te cortan la cabeza. Así que sin socialdemocracia no hay capitalismo. Y viceversa, sin empresas prósperas no hay paz social, porque todo progreso social es en, realidad, consecuencia del progreso económico. 

Por lo tanto, lo contrario del capitalismo no solo no es la socialdemocracia, sino que, además, en su versión actual, lo ha asumido por completo. Si un marxista quiere nacionalizar los medios de producción, a un socialdemócrata le basta con nacionalizar los beneficios, actuando como un socio que recibe dividendos de cada empresa de España pero sin asumir ni el coste de las inversiones ni el tedio de la gestión. Así que socialdemocracia tampoco es comunismo, sino su contrario. Y si Pablo Iglesias no es populista, ni fascista, ni socialdemócrata… ¿será acaso un comunista? Pues tampoco. En Europa no existe el comunismo, así que ni lo es Pablo ni lo puede ser su cuñado, ese que levanta el puño en nochevieja mientras come langostinos. El comunismo, al menos el leninismo, fue una interpretación del marxismo que se basa en la toma del poder por la fuerza. Es decir, la peculiaridad de un leninista frente a otros marxistas es la visión de la revolución como medio para llegar al poder, algo que Pablo ni se ha llegado a plantear, se le llena la boca de democracia, algo que un comunista jamás pronunciaría. Marx abre ‘El Manifiesto Comunista’ presentando su visión de la historia como una lucha de clases en la que una subyuga y oprime a la otra. La línea divisoria la marca la propiedad de los medios de producción. Vale. ¿Qué es Pablo Iglesias entonces si no es pretende nacionalizar los medios de producción, acabar con la democracia e instaurar una dictadura del proletariado? Pues un chavalillo maleducado y problemático con profundas fallas en su personalidad que ha visto dónde está el dinero y que juega con cerillas y gasolina movido exclusivamente por el rencor y la envidia. Ese es el posible insulto. Pero ni populista, ni comunista.

Por lo tanto, ¿lo contrario a él es un conservador? Podría ser, entendiendo lo conservador como lo moderado, lo equilibrado, lo sensato, lo racional, lo posibilista, lo desapasionado, lo antiutópico, lo maduro y lo estable. Es decir, lo contrario de Podemos, pero lo contrario también de Vox, que no solamente no es un partido conservador, sino que además tiene tintes revolucionarios y aspectos antisistema, por más que entre sus filas haya muchas viuditas de misa diaria. Lo que ocurre es que lo reaccionario es lo contrario de lo conservador. Son insultos incompatibles. Un reaccionario es un revolucionario que va a toda leche, solo que marcha atrás, porque quiere volver al pasado, no acepta el devenir ni quiere conservar lo ganado sino destruirlo, como las CUP pero más aseados. Un conservador no es eso. Un conservador desprecia tanto la utopía del pasado como la del futuro. Lo explica mejor que yo Armando Zerolo: ni el romanticismo del pasado ni la fe ciega en el futuro, solo la realidad del presente. El mito del progreso es algo que, por cierto, comparten liberales y socialistas, hijos todos de la Ilustración, esa fe ciega en el que todo se puede mejorar y que además esa mejora reside en el futuro. En lo único que difieren es en la forma que tendrá ese progreso. La culpa es de la Ilustración, de la cual son hijos los también los nacionalismos, que crecen de la mano del liberalismo y evolucionan juntos. Ser nacionalista, por cierto, otro insulto que no tiene nada que ver con querer mucho a tu pueblo, comer calçots y sentir ciertas peculiaridades, sino algo muy diferente. No conozco a nadie que cuando reivindica ser diferente al vecino lo haga porque se cree peor que él. Ese es el problema. Que el liberalismo nace como modo de que la nobleza y la burguesía conserve sus privilegios frente al poder de las monarquías absolutas. Y el nacionalismo es una de las formas más directas de argumentarlo.

Por lo tanto, ¿qué queda? Hay quien acusa a todo ‘no cafre’ de ser centrista, equiparándolo a equidistante, a tibio, a débil y utilizando ‘moderadito’ como insulto, como cuando para insultar a Guardiola le llamaban filósofo. Yo no tengo ni idea de lo que es el centrismo, lo que tengo claro es que la equidistancia no es una posición absoluta, sino relativa, puesto que depende de lo que hagan los polos, por lo que no es sostenible a largo plazo. Pero la política en España es un tejado a dos aguas que te obliga a tomar partido siempre y, por eso, últimamente se confunde la intensidad de la pendiente y la seguridad en la posición propia con la mala educación, el insulto, el desprecio, la agresividad y la falta de entendimiento, es decir, la negación del parlamentarismo. En bajar ese tejado haciendo ‘balconing’, vaya. Eso se percibe como lo valiente, porque un moderado es un cobarde que ‘no va en serio’. A mi me parece que no hay nada más mediocre y torpe que ser un macarra fanatizado. Y eso no es en sí ninguna ideología ni una manera de superar al rival sino, muy al contrario, una muestra de la fe ciega en la propia estupidez y en la del resto de cafres que te acompañan al abismo. Estos son, pues, los insultos posibles. Elija el que quiera, pero por favor, hágalo con criterio.

(Esta columna se publicó originalmente en El Debate de Hoy el 29 de abril de 2021. Disponible haciendo clic aquí).