Septiembre

otoño

Por fin acaba esa vulgaridad llamada agosto. El propio nombre aletarga: agostar es debilitar, destruir las cualidades físicas o morales de alguien. Agostar, dicho del ganado, es también pastar durante la seca en rastrojeras o en dehesas. La imagen sola me provoca fiebre y el miedo perenne de la vida en la frontera, con ese tacto de pajas puntiagudas y mosquitos. Yo no soy ganado, pero definitivamente mis cualidades físicas y morales están por los suelos después del horror excesivo de este verano infinito, un verano que no cesa, como el rayo de Miguel Hernández pero trayendo tedio y no belleza. Estoy agostado de tanto agosto.

Soñando con maletas me hace recordar estas palabras de Carlo Verdone (La grande Bellezza) que casi había olvidado: “Me he pasado todos los veranos de mi vida haciendo propósitos para septiembre. Ahora ya no. Ahora paso el verano recordando los propósitos que hacía y que se han desvanecido, por pereza o por olvidarlos. ¿Qué tienen en contra de la nostalgia, eh? Es la única distracción posible para quien no cree en el futuro. La única. Sin lluvia, agosto está terminando, septiembre no comienza”. Ojalá lo hubiera escrito yo. Lo firmo sin matices. Esperamos ver esa lluvia tibia calándonos los huesos, el viento que venga a secarlos, los días cortos, las tardes largas, las miradas profundas, la luz violeta de Castilla, el otoño Velázquez madrileño, los despertares frescos que incitan a boina, que incitan a ser feliz y a sentirse vivo junto al fantasma del otoño pasado, la chaqueta de lana pidiendo aventura a gritos, Ezequiel escribiendo maravillas como esta… Y el vino, porque llegan las uvas, mucho más de mi tierra que las sandías y con más clase. No me comparen la enfermiza canícula del verano con el leve y elegante sol del membrillo, que nos calienta por dentro, hartos ya de arder por fuera.

Josele Santiago, por su parte, nos advierte que no va a estar en septiembre y que no piensa vendimiar, pero que va a estrenar corbata. “Por fin haré algo de verdad. ¡Qué feliz soy!”. Septiembre es literatura, es café, vuelve el orden y las comidas serias, las sonrisas de los niños pueblan otra vez las calles, las puertas de los colegios se engalanan en tonos ocres, las viejas vuelven al mercado, septiembre huele a prensa y a museo ventilado. Volvemos a revivir los nostálgicos, los que recordamos en el otoño la felicidad de una infancia que no sólo no se ha perdido sino que ahora vive en otros ojos. Mi hija es más bonita aún en otoño, cuando el dorado de la piel se vuelve cobre y el azul marino le queda todavía mejor -y ya es decir- que el año pasado. Verla crecer en otoño, pasear el Campo Grande, el Retiro, una excursión a un Castillo. Haz feliz el otoño de un niño y crearás una persona feliz, puede que un escritor, pero definitivamente matarás a un dominguero. El otoño es vacuna contra el espanto.

Ropa nueva sobre viejas costumbres, la bendita rutina calmando al adolescente, los amores del verano heridos de muerte, unas caderas que te miran de reojo, una carta de amor al olvido. Vuelve la tinta y Ella Fitzgerald. Caerán las hojas y también las ojeras. Nos sentaremos a escribir de nuevo sobre el piano azul. Bob Dylan canta If You See Her, Say Hello. Ya estamos todos. Es septiembre, de repente.

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