«La desconfianza es la forma más rudimentaria de la crítica», dijo James W. al peluquero. «Por ejemplo, la manera natural en la que España critica a los políticos es recelando de ellos. No les corrige, no les devuelve argumentos, no intenta aportar algo mejor a lo que se propone. El español, simplemente, dimite de la dialéctica, se apea del tablero. Es decir, aquí no se da esa humildad del que acude al conflicto con buenas intenciones. Muy al contrario, el español reniega del conflicto mostrando altanería, que es su sentimiento real. Una altanería muy curiosa que hunde sus raíces en la ignorancia y la miseria, cierto es. Pero altanería al fin y al cabo». El peluquero asentía y James W. seguía con la perorata. «Sin embargo, en el arte es diferente. España no humilla al artista desde el insulto sino desde la mofa. No hay indignación sino desprecio. Porque la burla es la forma más primaria de la soberbia y cuando España se ríe del intelectual lo hace desde el anonimato, diluido por completo en la manada. No lo hace de tú a tú, con la cara del individuo descubierta, sino desde ese olorcillo a lana de la homogeneidad estabulada. 

No responde a una propuesta con otra propuesta sino con la ausencia total de propuestas. España se enorgullece de no proponer nada. No opone un estilo a otro estilo, no hay antítesis para la tesis. Solo hay un inmovilismo seminanalfabeto. Y eso no deja entrever, como se cree, un ánimo conservador o reaccionario, sino algo muy diferente, una total falta de ánimo, una abstención ante todo y unos hombros eternamente levantados, que se ausentan del juego porque ni siquiera acepta las reglas. Es más: ¡no asumen ni que haya un juego!». El peluquero, impasible, decía que sí con la mirada.

En realidad, James W. no criticaba al pueblo desde el pueblo, sino desde la singularidad. No era gregario sino egregio. Él iba a contrapelo, como el peluquero. Luchaba en solitario, como un superhéroe, pero contra el pueblo. Daba la cara cada mañana oponiéndose al rebaño. Por eso, su actitud solo se entiende desde el desarraigo, la insolencia y el desafío. No pretendía ser, como otros, la voz del pueblo. No se arrogaba una falsa legitimidad popular. Al contrario, su voz era ofensiva contra el pueblo, porque no hacía reverencias a su supuesta razón de fondo. Eso y no otra cosa es ser irreverente, no hacer reverencias. Y por eso huía de discursos precavidos, hogareños y prudentes. Si había roto con todo es porque jamás pudo romper lo que en realidad quería romper, con su propia identidad. Por eso, me temo que nunca fue al arte a lucirse, ni a encontrar nada. Tampoco fue a dar o a recibir placer: José María solo fue al arte a morir.

Pelaje

Sartre decía que el poeta es el parásito de los opresores y el dandi es el parásito del poeta. Pues nuestro querido James W. era el parásito del dandi, es decir, el parásito del parásito. Y aquel día, frente al espejo del peluquero, con esa bata negra y ese papel para el cuello que le hacía parecer un cura, vislumbró, por fin, el ideal de la esterilidad absoluta, del culto al ‘yo’ desacralizado. El artista aun trata de crear, pero James W. estaba superando esa fase para alcanzar otra superior o al menos posterior, la de abandonar toda idea de éxito, de victoria, de laureles o de medallas. Solo aspiraba ya a entenderse, a encontrarse. No quería imaginarse como un ciervo en plena berrea o como un pavo real haciendo exhibición del plumaje con un libro en la mano en el preciso momento en el que comienza la primavera. 

Quería exactamente lo contrario, la no-obra como defensa, la infecundidad, la idea superior de lo no compartible, la pasividad como verdadero ‘más-allá’, el acto sin motivo, la inutilidad total, la victoria secreta del que no quiere salvar a nadie, más que a sí mismo. «El verdadero suicidio es el permanente. La muerte más veraz es la del que vive renunciando a su obra. Esa es la única autodestrucción posible», dijo al espejo. «Esa es la verdadera libertad».

El peluquero sacudió la bata, que ya era una capa, y le despidió con cortesía. Mientras barría el pelo negro del suelo, pensó en lo complicado que es diferenciar al post-artista del pre-artista y la libertad ajena de la cárcel propia. «Ojalá los silencios pudieran venir subtitulados», se dijo con media sonrisa. José María oyó aquello y se quedó pensándolo mientras se sumergía en el ajetreo diario de la calle Pez. (Continuará).

(Este texto forma parte de la serie ‘Todas las muertes de James W.’, publicado en ABC Cultural el 12 de mayo de 2023. Disponible haciendo clic aquí).