«La Feria del Libro es una inmensa reunión de youtubers, bloggers e influencers arropados por algunos escritores melancólicos y canosos que los miran con una mezcla de desprecio y fascinación», dijo James W. a aquella reportera de TVE. «Vaya, qué curioso. Y, ¿cómo es capaz de diferenciarlos, caballero?», preguntó la joven, con la media sonrisa de quien percibe un filón. «Mire, es muy sencillo. En esta feria, el escritor clásico viste siempre como si lloviera y acabara de salir de ‘La Pagode’ con ‘Cahiers du Cinema’ enroscado bajo el brazo; en la otra mano, las gafas para la presbicia, que agita al hablar como si fuera el mismo Von Karajan». La reportera confirmó que su olfato no fallaba, que ahí había un tema y le hizo gestos con la mano al cámara para que se acercara un poco más. «Bueno, por eso y por las colas, claro», dijo James W. «Las colas de un escritor de verdad son pequeñas, accesibles, digamos que manejables. He observado que la cadencia media es de un libro firmado cada dos minutos y treinta y seis segundos. 

En realidad, firmarlo solo le lleva veinticinco segundos; el resto es tiempo utilizado por el escritor ‘boomer’ para ralentizar el ritmo y que se forme una pequeña cola, porque, en realidad, de lo que se trata es de no tener que pasar por el trago de que pase por allí otro escritor y vea que, en ese momento, él se encuentra solo. Todo se reduce a eso, a ver quién la tiene más larga». La reportera quería ir por ahí: «A ver, caballero, que esto se está poniendo interesante. Para ver quién tiene más larga, ¿qué?».

«La cola, claro», dijo James W. «Esa cola es, en realidad, un elemento fálico que simboliza la otra cola, la de verdad. Es decir, que, a través del tamaño de su cola se están midiendo, en realidad, el paquete. Por eso alargan las conversaciones. Para tener erecciones. Erecciones en la cola. Mire, venga conmigo». La reportera ya tenía los ojos como platos y le dijo al cámara que no perdiera tiempos, que fuera rápidamente detrás de James W. Quizá estuvieran ante la pieza del día, la del éxito en las redes.

El calor africano de la Feria era, aquel sábado, repugnante. Siempre lo es, porque El Retiro es un microclima que ha de ser tratado, a efectos estadísticos, como parte de Eritrea. O de la selva amazónica. Hay quien dice que las cotorras están dejando paso a los tucanes y que se han visto monitos paseando por encima de la cabeza de los poetas ultraístas. Pero aquel día hasta eso se quedaba corto. El toldo que habían puesto en una zona de la Feria no solo no reducía el calor, sino que lo amplificaba, como si estuvieran en una tienda de campaña en medio de la playa de Torrevieja. Y la Feria se encontraba, además, totalmente llena, lo que impedía que nadie se pudiera acercar a los estands. La Feria del Libro, aquella mañana era, en realidad, una manifestación, una procesión lenta de gente sudada que miraba los libros de lejos, como si fueran crema para la soriasis en un mercado medieval. 

Aún no se ha inventado el cruce conceptual de mercado medieval con Feria del Libro, pero no estaría nada mal ver a Vila-Matas o a Eduardo Mendoza haciendo sus acrobacias en directo. En cualquier caso, aquella mañana era imposible acercarse a ningún mostrador, allí sólo había gente mareada de tanto fijar la mirada en un punto cercano y totalmente desensibilizada, como cuando en El Prado pasas por un Tiziano como si fuera un póster de una tía en pelotas en la pared de un taller. James W. llegó por fin a donde quería y señaló una cola: «Mire, señorita. ¿Ve esa cola que da la vuelta al Retiro y que baja por O’Donnell hasta la M-30? Es para que firme Álex Anselmo, autor de ‘Cómo hacerse rico con criptomonedas desde tu gimnasio’. ¿Y esa otra, la que baja por Atocha hasta Palos de la Frontera? Es Money Health, que está firmando ‘Cómo hacer fitness mientras te haces rico con las criptomonedas’. Sin embargo, mire esos dos pobrecillos de ahí, los de las colas de tres personas. Uno es Premio Cervantes. Y el otro escribe columnas literarias».

Abrir las puertas

Efectivamente, las colas de los escritores eran irrisorias y los ‘influencers’ eran las verdaderas estrellas de la Feria. La reportera de TVE le preguntó: «¿Y qué hacemos entonces, caballero? ¿Cree que tiene solución o simplemente hay que aceptar que es el sino de los tiempos?». James cogió aire y, mirando a cámara, respondió: «En realidad no hay que liberar a la Feria del Libro de estos ‘influencers’ que escriben para hacerte rico mientras adelgazas o para adelgazar mientras te haces rico. Lo que tenemos que hacer es liberar a los verdaderos escritores del suplicio de tener que estar en jaulas, asfixiados y viendo pasar las colas de las verdaderas estrellas del momento. Acompáñeme, señorita». La reportera y el cámara se pusieron en marcha, abriéndose paso entre el gentío y caminando con grandes zancadas para seguir a James W. que, en el mostrador de una caseta de una editorial bosnia, colocó tres grandes columnas hechas de vasos de plástico que llegaban hasta el techo y que simulaban los barrotes de una jaula, según dijo. 

Y comenzó a tirar cacahuetes al autor, que miraba desconcertado. «Esto es una cárcel, señores», gritaba James W. «La Feria es un zoo en el que la gente pasa para ver al gorila, al oso pardo y al ñu. Así que no se corten, tiren cacahuetes al autor, pídanle monerías, háganles fotos mientras se despiojan unos a otros bajo este calor extremo. Lo que quieran. Están a su servicio, señores, no tengan miedo». Las personas que pasaban por allí miraban la escena asombradas y la cámara de TVE grababa dando vueltas alrededor de él, como un plano de Scorsese. James W. terminó su discurso: «O, si lo prefieren, ayúdenme a liberarlos. Abramos las puertas de sus jaulas y devolvamos a los autores a su hábitat, a la libertad y a la dignidad de no convertirse en comparsas de adolescentes ágrafos. ¡Liberad a los poetas! ¡Llevémoslos de vuelta al Parnaso!»

Ahí, justo ahí, fue cuando llegó un policía a cortarle el rollo: «A usted le voy a llevar yo pero a la comisaría de la calle Doce de Octubre, caballero. Así que andando, artista». Y con los brazos esposados, aquel día, el único que acabó entre barrotes fue él, que se quejaba de que el agente utilizara ‘artista’ como insulto, mientras veía con melancolía cómo la cámara de TVE se iba, plácidamente, a entrevistar a un señor que decía que a su perrito también le encantaba leer. (Continuará).

(Este texto forma parte de la serie ‘Todas las muertes de James W.’, publicado en ABC Cultural el 3 de junio de 2023. Disponible haciendo clic aquí).