En el centro de las páginas de una revista, encima de una barra de madera con circulitos de cerveza que la mojaban tristemente, una entrevista a Gay Mercader. Y resultó que, por encima de todas las cosas, James W. admiraba a Gay Mercader. Amaba esa pose de niño pijo enfadado, de dandi voluntariamente ‘amacarrado’, de bendito maldito, como uno de esos punkis con cresta e imperdibles en las cejas que escupían al público por la noche, pero que luego, a las cinco, se tomaban el té con la abuela en las tazas de porcelana y con los modales del mismísimo Duque de Richmond. Porque, según James W., en Londres, lo que marca las diferencias siempre ha sido el té. Y así se lo explicó al camarero de ‘El 2D’ que, al otro lado de la barra mojada, soportaba la turra de modo estoico. 

«Un día, me enseñaron que para ser alguien en la sociedad inglesa, había que hacer té constantemente y aprovechando cualquier situación. Cuando hay visita, cuando no la hay, cuando sales de casa, cuando vuelves a casa. Siempre té. Pero hirviendo, ojo, no vale agua muy caliente ni bolsitas de esas.

Admiraba a Gay Mercader. Amaba esa pose de niño pijo enfadado, de bendito maldito

Las bolsitas están permitidas si tomas el té en tu casa solo, pero si hay alguien más, aunque sea el electricista arreglando una bombilla, hay que renunciar a las bolsas y hacer el té con hojas. Eso es lo que te presupone como alguien bien educado, chico. Y si, además, dispones un juego de cerámica china y pones en una jarrita la leche —fría, claro, la leche siempre fría—, inmediatamente escalas hasta convertirte no sólo en alguien bien educado y con clase e inteligencia suficiente como para triunfar, sino casi en uno de ellos. El racismo inglés es muy sutil, chico, apenas se nota, aunque siempre está presente y se percibe, aunque no se vea, como el viento o como el amor. Londres no te juzga por tu raza, por tus apariencias o por tu físico; te juzga por tu acento. 

Asunto de cuna

 El clasismo británico es intelectual, es un asunto de cuna, de elegancia innata hasta para vestirse un domingo a seguir emborrachándose y posponer la realidad un poco más, peinando el ‘hair of the dog’, que así es como llaman a la resaca, ¿sabes? Y oye, que esto vale para una pija de Pimplico y para un albañil de un polígono en Barking, son todos igual de hijos de puta. Es un asunto de conocer la tradición para cagarse en ella si es necesario. ¡Demonios, si hasta los punkis llevan la bandera del Reino Unido para pedir anarquía! Y estos gilipollas de aquí, en vez de ponerse la de España se ponen la ‘Union Jack’. A ver si entienden de una vez que la tradición es la tradición, el té es el té y la vida es un show que debería producir Gay Mercader». 

El camarero le miraba con una mezcla de sorpresa y hartazgo. Y le puso otra caña sin que se la pidiera. Siempre que James W. veía algo de Gay Mercader dejaba aquello que estuviera haciendo. Le gustaba el nombre: Gay, como Gay Lussac, como Gay Talese y como José Aurelio Gay, el del Zaragoza. Pero también le gustaba Ray: Ray Charles, Ray Heredia, Ray Loriga y Ray Liotta. Y en Mercader veía algo similar a lo que ves como cuando pintas bigotes a una foto de la Reina de Inglaterra en el periódico. Y había algo muy seductor para él en los hijos bohemios de las familias pudientes. Ellos eran, en su opinión, los mejores, porque al talento propio se le unía una educación elitista de base. A la formación exquisita se le sumaba la rebeldía del que ha visto el mundo demasiado pronto. 

Y salió hacia Fuencarral pensando que podría empezar a llamarse ‘Ray Gay’. Ese era el nombre total

Y, sobre unos genes ganadores, un individuo genial. «Esa es una dupla ganadora», musitaba James W. «Mira, si escarbas un poco, todos los movimientos culturales son, en realidad, movimientos de arriba abajo, siempre hay un pijo al mando. Y ¿sabes quién es Gay Mercader? Parece insuperable eso de haberse criado en París, de ser sobrino de Vittorio de Sica, de haber vivido la eclosión del rock, del punk, del glam y, sobre todo, esa sensación mágica como de haber estado siempre en el lugar adecuado en el momento adecuado. Si yo pudiera hacer eso…si yo pudiera estar donde hay que estar… Pero, ¿dónde es eso, chico? Ahora que, por fin, estoy en Malasaña resulta que el 15M ha muerto. ¿Dónde crees que debo ir? Desde que existe internet las cosas pasan en la red, que es lo mismo que decir que no pasan en ninguna parte».

Y salió hacia Fuencarral pensando que podría empezar a llamarse ‘Ray Gay’. Ese era el nombre total, una especie de superhéroe literario, algo a medio camino entre lo artístico y lo mitológico. Y, para crear el personaje, se le ocurrió comprar una camiseta del Rayo y decorarla con muchas sonrisas alrededor. ‘Ray Gay’ había nacido. Ya en la calle Farmacia, sonreía y pensaba en lo analgésico y maravilloso que es ser productor. Da igual de qué, de cine, de conciertos o un galerista. «La cosa es hacerlo posible. Mucho antes del arte ya estaba el artista. 

Productor en modo de latencia

Pero es que antes de él estaba el productor en modo de latencia. Todo lo que ha pasado en el mundo es porque había un productor, un Gay Mercader. Todo lo que ha sucedido es porque había alguien con la mirada, el corazón y la cartera preparadas para reconocer el talento, ya se llamara Medici, Alejandro VI o Don King. Siempre hay una visión previa, un tipo que lo hace posible. Siempre hay un David O. Selznick, un Antonio Corbacho, un Max Perkins. «Y no es que estuvieran siempre donde había que estar. Es que, quizá, los demás estaban donde estaban ellos». Y, ya en Gravina, la multitud le hizo pensar que algo pasaba. 

En la propia Plaza de Chueca se dio cuenta de que era el Día del Orgullo Gay, lo cual le hizo sonreír. «Qué casualidad, joder». Y allí, delante de cientos de personas que reivindicaban su sexualidad, con su camiseta del Rayo llena de corazoncitos sonriendo en cuya espalda ponía ‘Ray Gay’, nuestro amigo James W. pensó que para orgullo gay el suyo. Y fue absorbido por la masa, entre la cual se desdibujó, pensando que ese cruce espacio-temporal donde todo pasaba, lo había creado él. Por una vez, no es que pasara por allí. Es que antes del manifestante ya estaba la manifestación. Y antes de todo ello estaba el productor en modo de latencia. Mercader estaría orgulloso. (Continuará).

(Este texto forma parte de la serie ‘Todas las muertes de James W.’, publicado en ABC Cultural el 1 de julio de 2023. Disponible haciendo clic aquí).