
Tiene Sánchez algo de personaje shakespeariano, pero ahora mismo no sé exactamente cuál. Y tiene su campaña un punto teatral, un aura de maquillaje, olor a butaca usada y tristeza. Y cada mitin parece un escenario decadente donde soltar cada tarde un monólogo obsesivo, ese eterno soliloquio. Y pareciera que, en cada escenario, se estuviera despidiendo y fuera la última gira de su vida. Y se convierte, a veces, en Shylock en ‘El Mercader de Venecia’, otras en Antonio en ‘Julio César’ y otras en Gertrudis en ‘Hamlet’. Pero todo en él tiene ya un aire de tragedia, de dramaturgia moralizante y de catarsis, como si, a través de su experiencia, el pueblo pudiera purificarse sin dolor en las propias carnes. Es de listos aprender de los errores, pero es de sabios aprender de los errores de los demás. Y, por eso, ‘Petrus’ es a la vez un cuento de Navidad, una parábola y ‘Esperando a Godot’, donde él interpretara a la vez a Vladimir, a Estragon… y a Godot.
Parece vivir instalado en un monólogo constante, en una prosodia obsesiva y circular. No acepta preguntas en Casa de Campo, no acepta preguntas en Príncipe Pío, no acepta preguntas en Santander y, cuando va al Círculo de Bellas Artes a recibir el apoyo de los cuatro abajofirmantes de siempre, van tres y no acepta preguntas. Y sigue con lo suyo. Y habla de la censura mientras anuncia un pacto con un partido que ha llegado a tener en su programa la promesa de purgar a los periodistas y creadores que ellos estimaran molestos. Y se va con Boric, pero no acepta preguntas. Y para cada mitin elige un espacio pequeño y cerrado en el que evitar gritos, silbidos y abucheos. Y, cómo no, preguntas.
Un antiguo asesor de Sánchez en Moncloa me contaba hace no tanto el profundo desprecio que el presidente siente hacia los medios. No piensa -me decía- que la prensa sea una parte más de la configuración de una democracia avanzada, una parte, digamos, neutral, sino un parte descaradamente activa de la oposición a su gobierno. Y, puesto que cree que somos una pieza más del engranaje que quiere acabar con él y trabajamos en su contra, somos sus enemigos. Y eso le legitima moralmente para utilizarnos, mentirnos y decirnos lo que le convenga en cada momento, sin saber que a quien miente en realidad es a los ciudadanos que le leen. Si la prensa le quiere destruir, la relación debe limitarse a utilizarla. Y nada más.
Empezó aislándose porque sabe que los mitos crecen en la distancia. Se metió en la concha para no ser cercano y parecer inaccesible; para no ser un simple humano, sino un Dios. Y, ahora, que cree que lo deshumanizamos, intenta acercarse. Pero ya no puede. No le sale y prefiere volver a recular: no acepta preguntas. Y, ahora que lo pienso, es posible el personaje al que me recuerda es a Ricardo III. Solo él sabe cuánto pesa esa corona.
(Esta crónica forma parte de la serie ‘Sánchez: segundos fuera’ publicada diariamente en ABC durante la campaña electoral. Esta pieza se publicó el 15 de julio de 2023. Disponible haciendo clic aquí).