Jabois tiene mi edad, pero no es de mi generación. Cuando él estaba golfeando para después escribirlo en el ‘Diario de Pontevedra’, yo estaba golfeando a secas. Luego llegó ‘El Mundo’ de Pedro Jota, un sueño que consiguió unir bajo una misma cabecera a un grupo irrepetible de columnistas como el propio Jabois, Umbral, Gistau, Amón, Bustos, Del Pozo, Lucas, Espada, Sostres, Gala, Rigalt o Landaluce. Aquello fue el ‘dream team’ de su época y, a través de ellos, muchos nos enganchamos no solo al columnismo sino a una forma muy concreta de entenderlo. Este es un oficio coral, aunque se produzca de modo solitario. Trabajamos de modo individual, pero el género avanza en conjunto. Y eso sucede porque hay influencias, inspiraciones y complicidades. Si dices que no has aprendido nada de nadie, es posible que no seas autodidacta sino gilipollas.

Gistau lo cambió todo. Hasta entonces el columnismo era estación de llegada tras una trayectoria que te confería la ‘auctoritas’ para pontificar desde una tribuna. Gistau y Jabois cambiaron eso y demostraron que una carrera también podía empezar desde la columna y no solo terminar en ella. Se convertía así en estación de salida para una generación que empezó a verse representada en esas columnas, que ya no eran solamente sesudas piezas políticas e intelectuales sino, también, literatura, hallazgo y vivencia. Se acababa esa estafa de intentar eliminar al sujeto de algo tan subjetivo como una columna. Y lo hacían recuperando una tradición que va de Ruano o Camba a Azorín o Wenceslao y que hoy termina en Camacho. Y, al igual que ellos, se adentraron en la crónica, que es un género más divertido y mucho más complejo. Todo el mundo puede hacer una columna buena, es sólo cuestión de tiempo, de ganas y de orgullo. Si te levantas de la silla antes de hacer algo excelente, es sólo porque tú has querido. Pero una crónica es diferente, consiste en hacer un examen para el que no has estudiado y cuyo temario ni siquiera conoces. Y con solo una hora para entregar. En este ‘sobre sorpresa’ no sirve de nada la voluntad: estás solo con tu talento, tus referencias y tu miedo.

Jabois es un maestro en ambos registros porque está tocado por la gracia y por el talento. Y además el cabronazo es guapo, simpático y educado. Un asco de tío. Cuando debutó en ‘El País’ me compré el periódico, una crónica desde Grecia, creo recordar y que aún conservo. Y cuando me enteré de que había ganado el Cavia sentí lo que se siente cuando le dan una estrella Michelin a tu restaurante favorito. Estaba comiendo con Ussía y nos abrazamos como si hubiéramos ganado otra Copa de Europa. De algún modo me sentí partícipe, porque todo ese camino lo hemos recorrido juntos, aunque él no lo sepa. Quizá Jabois creía entonces que estaba solo. No sabía que detrás íbamos todos los que, sin él, no habríamos llegado a escribir columnas y que no podemos considerarnos de su generación porque hemos aprendido de él. Vamos, los que no somos autodidactas. Y mucho menos gilipollas.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 22 de julio de 2023. Disponible haciendo clic aquí).