Cuando llegué al portal me extrañó que no estuviera en su banco. Yo venía de los Cavia así que aún llevaba el esmoquin, lo que daba a la escena un punto como de película de Capra algo inquietante. Me acerqué para confirmar que estaban allí sus cosas, un conjunto maloliente de almohadas que le servían de colchón, un edredón sucio, algunas mantas viejas y varias bolsas de plástico donde guardaba sus pertenencias, que, la verdad, no sé qué podrían ser porque en seis meses no se había cambiado de ropa. No suelo interactuar con él: ser pobre solo implica ser pobre y no soporto ni la condescendencia ni el paternalismo. Pero, de algún modo, me preocupa. Solía tener algo de alcohol entre las manos, pero nunca estaba borracho. O, peor aún, quizá lo estaba siempre. Era de madrugada, por lo que pensé que, quizá, se habría ido a alguna esquina para orinar tranquilo, pero que no podía andar muy lejos, ya se sabe, tan cerca de Ponzano suele haber jaleo y siempre hay algún gilipollas que le increpa o, peor aún, que intenta destrozar su hogar. Pero en una breve inspección, no pude verlo y, sin más me acosté.

Al día siguiente salí a la terraza, como cada mañana, para ver si seguía allí. Lo he visto aguantar todas las noches del mundo, las del calor repugnante, las del frío descorazonador e incluso lo he visto aguantar bajo las mantas caladas aquellas lluvias de mayo. Su banco está justo a la puerta de una de esas cadenas de pan y nunca falta quien le saca algo para comer y un poco de agua. La gente es más generosa de lo que parece y algunos vecinos le saludaban cada mañana, aunque algo me dice que su cabeza no andaba demasiado bien, hablaba solo en una elipsis perdida y con la mirada anclada en un punto entre el suelo y su infancia. Pero, ¿cómo quieren que esté alguien que vive eternamente solo y que, por no poder, no puede ya ni levantarse del banco para proteger lo poco que tiene? ¿Cómo estarían ustedes si fueran invisibles en el centro de Madrid?

Aquella mañana no estaban sus cosas. El banco lucía limpio y vacío, pero, de algún modo, mantenía adherida la misma tristeza, supongo que hay cosas que no se quitan con un manguerazo. Bajé a la panadería a preguntar qué había pasado, si sabían algo del señor, pero no supieron responderme y el sonido de las cafeteras casi me hace llorar de pena. Ya fuera, pregunté a la portera, que me confirmó que se lo habían llevado unas monjitas a un centro especial, cuyo nombre no me supo concretar. Que le contaron que había dejado de ir a los albergues porque le habían pegado muchas veces y que siempre le robaban lo poco que tenía. Supongo que el pánico hizo el resto y, por eso, se pasaba la vida sentado en su banco marrón, trazando un plan circular mientras miraba un mapa mental pintado en el suelo de Santa Engracia. Ahora está en un sitio mejor, solo espero que allí nadie le pegue. Pero, cada vez que paso por el banco sonrío. Incluso, en un arrebato innecesario de cordura, siento que sería un honor no volver a verle.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 24 de junio de 2023. Disponible haciendo clic aquí).