
Al salir del túnel de vestuarios del Liverpool se puede leer ‘This is Anfield’. Es un aviso para que los jugadores entren al campo teniendo muy claro donde están y para quién juegan. Al entrar en el Congreso de los Diputados atravieso cada mañana una galería en cuyas paredes están colgados los retratos de los cronistas más brillantes de nuestra historia, aquellos que mejor han escrito todo esto en los periódicos y que han logrado trasladar de modo brillante todo lo que aquí ha sucedido. Así, paso por los retratos de Galdós, de Azorín, de Larra, de Wenceslao, de Camba o de Pla. Y lo que me entra son unas ganas enormes de santiguarme, claro. «Esto es el Congreso, chaval», parecen querer decir. «Esto es España. ¿En qué lo estáis convirtiendo?».
No, esto no es cualquier cosa. No es un plató de televisión, ni una asamblea de la ‘Complu’ ni una de esas tabernas con el suelo lleno de cáscaras de cacahuete y cabezas de gambas. Por aquí ha pasado Suárez, Azaña, Cánovas, Sagasta, Alcalá-Zamora o Campoamor. Aquí ha jurado la Constitución Isabel II, han sido coronados Alfonso XII, Alfonso XIII, Juan Carlos I y Felipe VI. En breve, veremos jurar la Constitución a la Princesa de Asturias. Esto no es una peluquería sino un lugar sagrado en el que un demócrata no puede actuar como si no pasara nada. No podemos los cronistas, por respeto al oficio, a la cabecera y al lector. Pero, desde luego, no pueden los diputados, las personas elegidas para representar a la nación española y dirigir su destino político.
Por eso, creo que, junto al acta, alguien debería volver a explicar muy despacito a los diputados quiénes son, a quién representan y cuales son sus obligaciones. La persona se queda en la Carrera de San Jerónimo. Lo que entra en el hemiciclo es un diputado, que es otra cosa. Y con otros códigos. Quizá se pueda explicar cogiendo una servilleta y marcando una línea en el medio: de aquí para allá lo que está bien y de aquí para acá lo que está mal. Bien: llevar corbata, escuchar con atención, guardar silencio y saludar con un apretón de manos. Mal: mirar Tik-Tok, cuchichear, bostezar, rebuznar y hacer con la cabeza gestitos como de tertuliana de Sálvame cuando parten la pantalla, en un lado aparece el primer plano de la invitada y, en el otro, su vecina del segundo sacando sus trapos sucios. No pedimos mucho más.
Pues bien, después de lo de Puente, Aitor Esteban parecía Churchill. Y Feijóo, Adenauer. Se agradece que, al menos, haya vuelto el decoro al hemiciclo y hayamos asistido a una sesión con una dialéctica educada. Porque Esteban está sobrevalorado, sí. Su discurso rezuma cinismo, ausencia de principios y un relativismo utilitarista que, en ocasiones, le hace ponerse colorado. Pero, al menos, es educado. Es cortés, comedido y conoce la etiqueta. Y lo mismo hay que decir de Mertxe Aizpurua, la portavoz de EH Bildu. Un discurso repugnante, cómico si no fuera por lo trágico -llegó a acusar al PP de no respetar los Derechos Humanos- y carente de los mínimos estándares de ética. Pero con educación.
A ambos les pegó Feijóo un repaso antológico en el mejor registro que se le recuerda. No olvidemos que no deja de ser un debutante en el Congreso, pero su parlamentarismo es ya de muchos quilates y la réplica a los grupos vascos fue extraordinaria. Y cuanto más crecía Feijóo, más pequeño se hacía Sánchez, cuya cara dejaba ver que, sin duda, es consciente de que se ha equivocado desapareciendo del debate y dejando que el candidato popular se corone como líder del constitucionalismo y como referente de la estabilidad y de la institucionalidad en su cara y sin oposición de ningún tipo.
«Fíjense, señores de Bildu, qué grandeza la del régimen de 78 que tanto critican que permite que personas como ustedes puedan estar aquí», dijo, para acto seguido recordar a todas la viudas y huérfanos por culpa de ETA. Al PSOE: «Hay que tener cuajo para pactar con los asesinos de sus compañeros de partido». Los diputados de Sumar se revolvían en su asiento. Irene Montero negaba con la cabeza. Aina Vidal se revolvía visiblemente molesta. Lilith Vestrynge hacía aspavientos de indignación y se partía de risa y Enrique Santiago, del PCE, abandonó el hemiciclo. No se indignaban con Bildu sino con Feijóo. Cosas del progreso, supongo.
A la salida pensaba de nuevo en lo de ‘This is Anfield’ e imaginaba lo apropiado que sería colocar otro letrero de despedida con una referencia al infierno de Dante: «Tú, cronista, abandona toda esperanza. Ya te dije que esto es España». Y hasta el viernes.
(Este texto forma parte de ‘Acotaciones de un oyente’. Fue publicado en ABC el 28 de septiembre de 2023. Disponible haciendo clic aquí).