
Es sabido que la primera generación crea la empresa, la segunda la disfruta y la tercera la dilapida. Este patrón no esconde una condena metafísica sino una dinámica con sentido: la segunda generación ha visto físicamente a la primera crear la empresa de la nada y, por ello, lo respeta. Conoce las malas noches, las bocas secas, el trabajo a destajo. Ha visto a los abuelos darlo todo, dedicar su vida a levantar un negocio viable y, por ello, es consciente de que hubo un momento en el que no existía nada. Han visto el trayecto con sus ojos, han recorrido el camino y saben que ni la empresa ha existido siempre ni ha surgido de un conjuro. Saben que todo ha salido de los riñones de sus padres. Que la riqueza se crea y aún recuerdan haber sufrido en primera persona las ausencias en casa, las ojeras malvas y el sacrificio más generoso del mundo, que es consagrar tu vida –es decir, todo lo que eres y, peor aún, todo lo que podrías haber llegado a ser– a tu sangre. Y solo por amor.
(Este es el primer párrafo de un texto que se publicó originalmente en ABC el 9 de diciembre de 2023. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí).