El tiempo pasa como una carrera de cien metros. Nos pasamos media vida preparándonos para hacer una buena salida, pero, cuando te quieres dar cuenta, ya estás a mitad del camino y con la sonrisa preparada para salir guapo en la ‘foto finish’. Se nota en el calendario, que hace cuarto de hora nos anunciaba un cambio de milenio, hace cinco minutos un año nuevo y que hoy nos amenaza con los vientos de otro marzo más. Y todo eso sin habernos llegado a recuperar de los excesos de Navidad. Y a duras penas del efecto 2000. Y así aparece al fondo una nueva primavera sin haber llegado a sacar el chaquetón para los días de frío duro. Pero ya no existe el frío duro. Lo duro son las canas, que aparecieron hace mucho, las arrugas, que se unen a la fiesta y ese maldito dolor en la rodilla. Y el final de los días, a los que se llega como se puede, con ese cansancio amistoso y nuevo. Porque no hablo de un cansancio normal, de un cansancio tangible y familiar, como de miércoles por la noche. No, yo hablo de otra cosa, de un cansancio total, de no ser capaz ni de leer, de un cansancio como de móvil sin batería que llega como un llega un invitado. Pero que ya nunca se va del todo.

(Este extracto forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 16 febrero de 2024. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí).