Yo llevo visitando regularmente Burgos desde 1994, creo. Lo que tengo bastante claro es que la primera vez fue un San Pedro, que lo pasamos bien y que hice amigos. A ese San Pedro le sucedieron otros y siempre me han tratado muy bien. He sido feliz allí, una vez besé a la chica más guapa de la ciudad y llevo a esa ciudad en el corazón, como debería llevarla todo castellano. Todo empezó, creo recordar, a través de campamentos, Pascuas y otros eventos jesuitas que, en realidad, nosotros veíamos como oportunidades para salir de casa y trabajar lo de la camaradería. Y vaya si la trabajamos. Hice amigos en Jesuitas de Burgos, esos amigos me presentaron a otros y treinta años después aquí seguimos, casi iguales por dentro, algo más cambiados por fuera y evolucionando desde el calimocho de Los laureles a la morcilla del Ojeda.

(Este es el primer párrafo de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 1 de marzo de 2024. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí).