Si algo envidio de las ciudades ‘normales’ es que la gente pueda vestir las llamadas ‘prendas de entretiempo’, esas chaquetas de ante que da gusto verlas, esas americanas preciosas hechas con tejidos que apenas pesan o esas chaquetas ambivalentes que pueden resultar perfectas para darte una vuelta por Puerto Chico, pero algo menos para pasear un lunes por la noche por la Plaza de San Juan, que, la verdad, pasé tanto frío viendo a la Sangre que casi se me congela la mía, que de preciosísima tiene poco. Y de anticongelante menos. Lamentablemente, en Valladolid esas prendas son solo un animal mitológico, como la burguesía ilustrada o los croissants decentes. Si vemos esa ropa en un escaparate de San Sebastián la compramos, sí, pero con la certeza de que no lo vamos a usar nunca. Y si un día cuadrara y tuviéramos la temperatura ideal, ya se habría pasado de moda. Y si no, resultaría que has engordado, o adelgazado y ya no te vale. Pero si todo eso también fallara y el clima fuera perfecto, resultaría que, cuando vas a buscarla, recuerdas que está guardada en una caja al fondo del trastero y a ver quién es el guapo que quita la bici, la cortina aquella fea y las cajas con los manuales de Derecho Constitucional II para llegar a ese tesoro de la térmica y la estética.

(Este es el primer párrafo de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 29 de marzo de 2024. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí).