
Si después de la primera temporada de ‘The Wire’ tu inglés acaba sonando a vivienda social y a cadáver, tras la segunda te sale un acento como de inmigrante polaco, algo a medio camino entre Wojtyła y Lewandowski. El desarrollo de personajes es tan magistral y el maniqueísmo tan escaso que David Simon logra lo que parece imposible, esto es, que el espectador genere empatía con todos los personajes, delincuentes incluidos. Hasta el punto de que cuando acaba la primera temporada piensas que traficar con ‘crack’ es lo normal, una opción más a valorar en la vida como, qué sé yo, ser técnico en energías renovables, maestro fallero, lateral derecho. Sin embargo, después de ver la segunda lo que te parece normal es el contrabando de contenedores llenos de droga que posteriormente venderán en la calle los negros de la primera. Y no solo te parece normal, sino que te acaba pareciendo una opción buena, lógica, moralmente intachable. Pareciera que el problema no es robar en sí. El problema es para qué se roba.
(Este es el primer párrafo de un texto que se publicó originalmente en ABC el 30 de marzo de 2024. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí).