Mi generación ha crecido entre vinilos, cedés y TDK piratas, escuchando música durante horas y haciéndolo además con la misma predisposición con la que se leía o se iba al cine. Es decir, la música era una actividad en sí misma, no una actividad secundaria de otra como ahora, que parece limitarse a ser apoyo para los instagramers, eso que suena de fondo mientras te duchas o el impulso que te ayuda a correr un poco más en ese gimnasio lleno de cuerpos que se parecen a los nuestros solo en el ADN. La música era un fin porque la vida no era aún una sala de espera ni este ‘showroom’ en el que mostrar calidad genética. Y nos sabíamos cada disco de memoria, así que el siguiente paso era grabárselos a los amigos, que hacían lo mismo. Y, al final, todos teníamos todos. Y de ahí a los conciertos de esas bandas que escuchábamos, a aquellas salas llenas de humo, de botellines y de sudor en las que entrábamos en contacto con gente de gustos semejantes y de edad parecida. El siguiente paso era querer ser como ellos.

(Este es el primer párrafo de un texto que se publicó originalmente en ABC el 20 de marzo de 2024. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí).