Mi día comenzó en Madrid, rompeolas de todas las amnistías, y termina en Marylebone, espigón de todas las finales. En la Carrera de San Jerónimo mayo parecía un agosto de Marbella, pero en Londres siempre es el mismo marzo de Bilbao. Y mi profunda tristeza por lo visto en el Congreso se va diluyendo a medida que me integro en una ciudad en la que no conocen a Sánchez, ni a Puigdemont y no son conscientes de lo afortunados que son por ello. Por la tarde los niños salen del colegio, las madres tienen ojeras violetas y los hombres trajeados caminan dormidos entre la lluvia de la estación de Paddington. En la cola para embarcar en Madrid había muchos más ‘swifters’ que ‘Valverders’ pero, de alguna manera, en la cola para salir en Heathrow todo había mutado y los adolescentes dejaban paso a los grupos de cincuentones, organizados siempre de cuatro en cuatro, hablando de Bellingham, poniendo botes con cantidades descomunales de libras y recordando la Intercontinental que se ganó al Vasco de Gama en el 98. Y el mundo sabía a aguanís. Entonces empezaron los guiños, las bromas privadas y ese hilo invisible que une a los madridistas en cualquier lugar del mundo.

(Este es el primer párrafo de un texto que se publicó originalmente en ABC el 31 de mayo de 2024. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).