
El sábado antes del minuto 73 no había sucedido nada y después del 82 ya había sucedido todo. Entre medias, nueve minutos en los que el Madrid invocó a sus espíritus, marcó dos goles y hasta pudo marcar un tercero si Bellingham fuera una piraña del Amazonas en lugar de esa cariátide que se empancipó del Erecteion para expandir brazos y asistencias. A partir de ahí, la euforia, las lágrimas y los abrazos. Y un cansancio generalizado por la tensión acumulada y porque sufrimos como perros. Una final cansa hasta si la juegas desde el sofá. A mí en el minuto 88, cuando el gol anulado, se me subió un gemelo y aún no descarto una rotura de fibras tras una celebración contenida en una zona de prensa que era un poquito la pradera de San Isidro, un poquito el Bundestag. Después de eso el Madrid tomó Londres. Y el resto ya se lo imaginan: 30.000 madridistas sin entrada llenando todos los pubs entre el Támesis y Wembley y tiñendo de blanco las ‘fanzone’ junto al London Eye, en Picadilly Circus y, sobre todo, en Trafalgar Square, donde los leones del Almirante Nelson sustituyeron a los de la ‘señá’ Cibeles. Ya saben que las esculturas de esa plaza están hechas con el bronce fundido de los cañones que robaron a nuestra Armada. Así que son de España. Es más, son España. Y los aficionados del Madrid, que lo intuían, convirtieron la fiesta en una recepción en la embajada.
(Este es el primer párrafo de un texto que se publicó originalmente en ABC el 3 de junio de 2024. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).