
No hay nada tan poderoso como un hombre que se sabe querido por la mujer que ama. Un hombre que se siente valorado, reconocido y admirado por su mujer ya tiene todo lo que necesita. Y, cuando sucede, ese hombre comienza a actuar como si de algún modo fuera único, una especie de elegido por el destino, por el azar y por Dios para llevar a cabo una misión que dé sentido a toda una existencia. Y de algún lugar entre el delirio y las hormonas surgen la fuerza y la confianza para actuar como un héroe mitad humano, mitad divino, que sale a la calle a cumplir con su obligación, que no es otra que estar a la altura de las expectativas. No existe nada en el mundo tan potente como el amor de una mujer para que un hombre logre convertirse en la mejor versión de sí mismo, que, por supuesto, no es aquella en la que parece un Cantajuegos, un monitor de ocio y tiempo libre o un aliado involucrado en vete a saber qué causa fraudulenta, sino en la que se vuelve el más brillante, el más seguro y el más talentoso. Y, como consecuencia, también el más feliz. Porque al motivo para levantarse a luchar cada mañana se une la confianza en ser capaz de hacerlo. Ese hombre ya no necesita más y es imparable. Como un perro de caza cuando caza, un hombre al que su mujer le admira está guiado por el instinto, por la adrenalina y por la sabiduría de todos sus ancestros congregados alrededor del fuego sagrado. Y entonces lleva al altar de esa mujer todo lo que sea capaz de lograr, como una ofrenda salvaje, redentora y atávica. Todo –incluso la vida, si fuera necesario– a cambio de una sola cosa: un amor verdadero, honesto y ancestral.
(Este es el primer párrafo de un texto que se publicó originalmente en ABC el 22 de julio de 2024. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).