
No deja de resultar curioso que el ideólogo del club de montañismo se apellidara Sierra. Parece un nombre irreal, evidente, como nacido de la imaginación de un novelista cachondo, de esos que al peluquero lo apellidan Calvo y al bombero Cienfuegos. En realidad, yo lo que quería era jugar al fútbol, que era la salida natural de cualquier chaval corriente de mi generación. Y si no, siempre estaba el baloncesto, como mis amigos civilizados. Pero nacer en diciembre tiene estas cosas y entre que yo no era Pelé y que por edad me tocaba jugar con los de un curso menos, el deporte de equipo quedó descartado desde temprano. Ya en los deportes individuales, probé con el atletismo, pero no tardé en darme cuenta de que Dios no me había llamado para entrenar con una disciplina como de ajedrecista soviético. Así que un día entré en el despacho de Sierra, que por entonces estaba en el lugar que hoy ocupa la Asociación de Antiguos Alumnos, en la esquina del claustro, y me apunté al club. No todo el mundo sabe que ese despacho está comunicado con la sala de reuniones anexa al despacho del director del Colegio San José. Yo me enteré por Carlos Entrambasaguas, que fue el primer director que me llamó a su despacho y no era para expulsarme. Probablemente, porque cuando lo hizo, yo ya tenía cuarenta tacos, que, si no, lo mismo se arranca con un expediente. Por cierto, eso de que los despachos tengan dos salidas es una práctica bastante frecuente en los despachos de los Jesuitas, acostumbrados a tener que salir corriendo para huir de los cafres de turno.
(Este es el primer párrafo de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 20 de septiembre de 2024. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).