
Su postura no es la expresión de un pueblo rebelde que mantiene su dignidad al negarse a aplaudir las imposiciones del españolismo tradicionalista y toda esa sarta de chorradas en rojo-Rochenko y negro-Mafalda a las que nos tienen acostumbrados sino, muy al contrario, la de un elitismo snob-becaria que desprecia la cultura popular –la cultura de base, que dirían ellos–, la cultura como expresión atávica y profunda de un pueblo que admira, absorto, su tragedia. Y no tengo nada contra el elitismo, yo soy profundamente elitista. De hecho, pienso que el gran problema de España es que no hay élites, que las que creen que lo son no lo son y que las que deberían serlo no están a la altura. Hasta el punto de que la élite cultural es, hoy por hoy, Ernest Urtasun, ese Manuel Fraga de Sant Gervasi, con pinta a la vez de batería de Sidonie y de emperador romano despatarrado en su triclinio.
(Este es el primer párrafo de un texto que se publicó originalmente en ABC el 12 de octubre de 2024. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).