Los católicos estamos de suerte con Argüello. También con Francisco, desde luego. El otro día leía a Delibes decir que, si hubiéramos tenido a un Juan XXIII a tiempo, quizá en España nos habríamos librado de la Guerra Civil. Lamentablemente, don Miguel se equivocaba. Los aires aperturistas del Concilio Vaticano II que apoyaran tanto él como otros católicos de su generación –y que tan brillantemente interpretara para El Norte de Castilla José Jiménez Lozano– no han servido para calmar al sector más fanático y fundamentalista, que no solo piensa en el Concilio como en una traición y una venta de nuestra religión a la izquierda -definitivamente, no hay nadie tan débil como el hombre obsesionado–, sino que identifican la Guerra como una cruzada y a la ‘verdadera’ Iglesia con las sombras surgidas de Trento. Y mucho me temo que tampoco habría servido de nada en el año 36 porque la pulsión reaccionaria que pretende identificar a nuestra religión con un tradicionalismo opuesto al progreso viene de mucho antes, ahí tienen al carlismo. Décadas antes de aquello vimos al pueblo lanzando hurras al absolutismo y festejando su profundo desprecio por la libertad. Está enraizado en nuestro pueblo, a izquierda y a derecha. Y, con el tiempo, este tema solo ha ido a peor. Quizá no a nivel numérico –son menos que nunca– pero sí a nivel porcentual –su peso relativo es mayor–.

(Este es el primer párrafo de un texto que se publicó originalmente en ABC el 8 de noviembre de 2024. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).