En la catedral de Valladolid se ha inaugurado ‘Gregorio Fernández y Martínez Montañés. El arte nuevo de hacer imágenes’. Se trata de la exposición más impactante que he visto en mucho tiempo, no solo por la calidad de lo expuesto –una sucesión de obras maestras, suspiros y corazones encogidos– sino también por la museografía y puesta en escena, de una teatralidad bellísima y radicalmente contemporánea. Pero, más allá de lo artístico, llama la atención el punto de partida de la iniciativa, su fin último, que no parece ser otro que presentar el barroco andaluz al barroco castellano, Fernández a Martínez Montañés y Valladolid a Sevilla. Podría parecer que, en lugar de confrontar a los dos grandes maestros, el comisario quisiera ponerlos a hablar para provocar, cuatro siglos después, el encuentro físico que probablemente no se llegara a dar en el XVII. De modo simultáneo, el Museo del Prado presenta ‘Darse la mano. Escultura y color en el Siglo de Oro’, que no sé si sigue la estela de la exposición de Valladolid o se la marca. En cualquier caso, si en la primera han puesto a conversar a las dos cumbres de la escultura barroca española, en la segunda han sentado a hablar al Barroco consigo mismo, en este caso la escultura con la pintura, es decir, la segunda dimensión con la tercera. 

(Este es el primer párrafo de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 24 de noviembre de 2024. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).