Hay algo en Dabiz Muñoz que me inquieta. Yo no he comido nunca en Diverxo, Streetxo, Ravioxo ni en ninguna de todas esas marcas con estética de callejón asiático y final en ‘xo’, por lo que no puedo decir si su comida me gusta o no. Sin embargo, tengo la certeza de que un tipo con tres estrellas Michelin, integrante de la parte alta de los mejores restaurantes del planeta y mejor chef del mundo durante tres años, ha de ser bueno. Ni siquiera eso: ha de ser excelente, prodigioso, un genio de lo suyo. Y, como tal, le valoro, le respeto y le admiro. Yo sé que esto es raro, lo que se lleva es denostar al ganador, escribir odas al fracaso y desprestigiar a cualquiera que destaque un poquito y ose levantar la cabeza de entre tanta mediocridad. Porque resulta que solo hay algo más soberbio que un ganador y es un perdedor, uno de esos resentidos que aseguran que quien está arriba rara vez lo merece y que quien realmente lo merece rara vez estará arriba. Pasa mucho en el mundo de los creadores: todos conocemos a ‘genios’ convencidos de que no llegaron porque no tenían contactos. Hay algo muy humano –y muy español– en admirar al perdedor, en asegurar que el bueno no era Lennon ni McCartney sino Harrison y que el mejor jugador no era Vinicius ni Bellingham, sino Rodri. Pero resulta que el mejor era McCartney, que el mejor era Vini y que, seguramente, el mejor cocinero no sea tu primo, el genio de las esferificaciones, sino uno de estos.

(Este es el primer párrafo de un texto que se publicó originalmente en ABC el 27 diciembre de 2024. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).