
Ha sido una gozada ver nuestra ciudad llena, las calles repletas y la hostelería despachando gintónics como si no hubiera mañana. El día de Nochebuena, por la tarde, me pasé por Los Ilustres a adorar ‘al Niño’, que en este caso ya está talludito y se llama Alfonso. Nuestro compañero andaba allí poniendo música de esa que nos gusta. Porque Alfonso ha sido cocinero antes que fraile, pinchadiscos antes que columnista y batería antes que profesor. Y todo lo hace bien, el condenado. La cosa es que allí no cabía un alma, lo mismo te encontrabas a una cuarentona cantando ‘I Promised Myself’, como si estuviera en Campus en el 94 que a su hija de diecisiete dándolo todo con una de Leiva. Luego entré al Bizarro a saludar a Pedrito y me sucedió lo mismo, cambiando de banda sonora, pero no de concepto: en ambos lugares me encontré con gente que hacía tiempo que no veía, amigos de los que emigraron a Madrid hace años y que allí se quedaron. Y me dio por pensar en lo que sería Valladolid si estuviéramos todos los que somos. Pocas ciudades con una aglomeración de talento y de formación de este calibre, que luego llega Pisa y lo reventamos, como no puede ser de otra forma.
(Este es el primer párrafo de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 27 diciembre de 2024. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).