
Yo me imaginaba que sus malos días irían acompañados de mucho silencio, de algo de humildad y de una reflexión tendida, amarilla y prolongada como la luz del frío cuando rebota en las paredes encaladas, esa luz de confesionario que se te mete en el alma y en el estilo y te empuja a la introspección, al anónimo eterno del desnudo, de la piedra, del mundo, que diría Pedro Salinas. En lugar de eso, nos encontramos con una secuencia de autolesiones, de tocamientos compulsivos en la oreja derecha y de calvas arañadas como un código de barras, como el rascador de un gato, como una urticaria por alergia al fracaso. Y todo ello me produce cierta incomodidad. Reconozco que no me gusta verlo así. Se diría que, a Guardiola, la derrota le da vergüenza, como la pobreza sobrevenida en casa del pijo que pasa los veranos en un campo de trabajo. Él intenta evitarlo, da la cara con ese aire de normalidad que solo es capaz de mostrar el que está aterrado y ofrece el medio pecho, como los toreros del pase sucio. Pero no lo logra: solo trasciende la caricatura, la frivolidad y la parodia.
(Este es el primer párrafo de un texto que se publicó originalmente en ABC el 28 diciembre de 2024. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).