Yo sé exactamente en qué momento y en qué lugar me puse enfermo. Lo sentí como un latigazo. Paseaba por la calle Teresa Gil, de vuelta a casa. Cuando sonó el móvil estaba pasando por la puerta lateral del García Quintana y eran las nueve de la noche en todos los relojes. Lo sé porque en ese momento doblaban las campanas, aunque si me preguntan de qué iglesia, no sabría decirles. Es posible que doblaran por mí. Cuando miré el teléfono vi la luz de Justo Muñoz como quien ve la luz al final del túnel y, poseído por todo el espíritu de la Navidad a la vez, decidí que era pronto para retirarme. Ese fue mi primer error. Enfilé la calle Enrique IV y la Plaza del Salvador hacia el Pasaje Gutiérrez, que a determinadas horas es una mezcla entre la Gran Vía en día de estreno y el vestíbulo del Wellington en la noche de fracaso de un torero. Allí, en el Wellington, vivió Curro Romero con un mono titi al que bañaba todos los días y que, según el propio maestro, «tenía mucho arte». El mono se llamaba Jaime, era muy friolero y no pudo aguantar tantas bañeras. Dice García Reyes que, de algún modo, se podría decir que Jaime murió de limpio.

(Este es el primer párrafo de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 3 enero de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).