
Desconozco si Miguel Ángel Rodríguez bebe mucho, poco o nada porque no le he visto en mi vida, pero solo el hecho de plantear ese tema públicamente, como si la vida política fuera una mezcla entre programa del corazón y tienda de cilicios, llena la estancia del que lo hace de un olor a sacristía, a sopa sosa y a pies. El ‘cuñado’ –siempre hay un gañán que te da un golpe en la espalda y te dice eso de ¡cómo ibas ayer!– ha sido Óscar López, que no sé lo que bebe, pero que dudo mucho haya llevado la vida de San Tarsicio. Y puede ser peor: si lo que hace no es afear una afición sino sacar partido de una adicción –es decir, de una enfermedad–, la estancia ya no huele como aquellas feligresas de los 60 que Bardem nos mostraba en ‘Nunca pasa nada’, cuando llegaba al pueblo una ‘vedette’ francesa, sino a crueldad, a señorito Iván y a miseria.
(Este es el primer párrafo de un texto que se publicó originalmente en ABC el 18 de enero de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).