
El apellido viene de Apulia, pero podría venir de Tierra de Pinares. Cocca tiene la seriedad de Castilla, el raspe de Pucela, la mirada grave de la historia. A veces parece un galán de Hollywood, como si hubiera salido del ‘Actor’s Studio’ con una chaqueta cruzada y un Cadillac; otras parece que acabara de dejar el mono de trabajo de un taller de reparación de coches de la calle Gabilondo y fuera a pasar la tarde jugando al dominó, acompañado de un café solo, dos hernias discales y tres amigos también medio mudos. Porque ya saben que hay dos tipos de argentinos: los que hablan demasiado y los que hablan demasiado poco. Aquí nos gustan los segundos, esos son los nuestros, los hijos de Castilla, los padres del Virreinato del Río de la Plata. Uno de ellos es Diego Cocca, que mira a los suyos como Lord Wellington miraba al ejército prusiano en Waterloo, observando tras de sí un descampado con caballos muertos, hombres agonizando y restos de fogatas –también agonizando–, incapaz por completo de pronunciar una sola palabra ni de decidir si toca artillería, caballería o infantería. Porque, total, va a dar igual. Y cuando toda da igual, salen los poetas, los estandartes, las trompas de la marcha de ‘Aida’. Pero Diego, no. A Diego no le da igual y lleva dos meses mirando al infinito, deshojando la margarita y pensando quién le mandaría venir aquí con rictus serio, ojos de concentración y una barba de tres días que, poco a poco, se va tiñendo de blanco.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 7 de febrero de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).