Yo no sé si la estación que ha enseñado Óscar Puente es necesaria o no, si es buena o no, si es una cosa seria y bien armada o solo una jugadita de tahúr para imposibilitar el soterramiento y vengarse de su ciudad por el imperdonable pecado de estar hasta las narices de sus formas. Lo que tengo claro es que la estación es horrorosa, algo a medio camino entre vivero de Almería y tupper de lentejas, pero sin lentejas, cuando ya está posado boca abajo en el lavaplatos, esperando su momento con un trocito de laurel. Una señora en Facebook ha dicho que parece una compresa de noche, que es un objeto cuyo detalle desconozco, pero que, en cualquier caso, no parece un prodigio de la estética. Otra señora –esta no lo ha dicho en Facebook, sino a mí, a la cara, en la calle Mantería– opina que la piel esa de revestimiento parece una cortina de ducha de un motel de carretera de Nebraska. Lo de Nebraska es mío. Y con esto me pasa como con las compresas de noche: reconozco ser lego en la materia, no soy una referencia en el proceloso mundo de los moteles de carretera y menos aún de los del Medio Oeste americano. Pero coincido con ellas: el proyecto es horroroso. Y no por moderno, soy muy defensor de las intervenciones arriesgadas y de la arquitectura contemporánea. Estoy un poco cansado del arbolito, del banquito y de la estética ‘regre’ tan del gusto del personal, que ahora entras en cualquier casa y parece una mezcla entre la de ‘Bonanza’ y la de Jane Austen.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 21 de febrero de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).