No hay nada que una tanto como una buena juerga. Sales de casa pensando que va a ser un día normal y cuando vuelves resulta que tienes un amigo nuevo, pero uno de verdad, de los de toda la vida, de esos a los que saludas con abrazo y beso. Porque yo a mis amigos los beso, qué le vamos a hacer. No lo puedo evitar, los veo y me sale del alma un beso a mitad del abrazo, como a mis hermanos. No es un beso directo, como el que puedo dar a mi hija en medio del moflete, sino una cosa algo simbólica, intuitiva, diría que ni siquiera llega a ser un beso. Es la intención de un beso, que, en realidad, es mucho más que un beso. Porque para darlo necesito que me importe tres narices lo que pueda pensar el resto. Las cosas son así: los hombres de verdad nos besamos. Y soy consciente de que la costumbre tiene algo como de artista, de gente del teatro, de esos tipos que firman más manifiestos que autógrafos.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 29 de marzo de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).