
Aún recuerdo los primeros momentos de Ronaldo en Valladolid, cuando se le veía paseando por La Santa Espina con unas botas, una gorra y un perro, como si fuera a hacerse capataz agrario o buscador de níscalos. Parecía que en lugar de en Río de Janeiro hubiera nacido en la plaza de San Miguel y que ir a Torozos en otoño fuera para él algo tan natural como irse a Copacabana el martes de carnaval. Creo que se dio cuenta tarde de que en Wamba no hay sambódromo sino osario. Y que el Cristo de las Eras de Peñaflor –hermano del de las Batallas y del de los Carboneros– no impresiona menos que el de Corcovado. Ahora echo de menos que no hubiera llamado a alguien que conociera esta tierra para enseñárselo todo y desde el principio; que le diera un par de claves, un mapa sentimental y una cierta gravedad a su misión, que, por supuesto, excedía el fútbol. Quizá habría entendido algunas cosas, habría trabajado con la tensión del que se echa una novia siciliana y su experiencia aquí hubiera sido diferente. Lo tenía todo a favor: durante un momento fue popular, carismático e ilusionante. Pero todo cambió y la realidad es que ha fracasado como gestor y como manager de equipos de élite. Se le han dado oportunidades, se le ha contemplado como a nadie se le ha contemplado antes, pero ya es tarde. Pensarlo solo lleva a la melancolía, que es un burdo pasatiempo, según Luis Alberto. Y la melancolía lleva a la frustración, según mi padre. Y cuando uno se instala en ella, empezamos a mirarnos al espejo como si en lugar de futuro tuviéramos fe de erratas.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 2 de mayo de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).