
Todo comenzó cuando, hace unas semanas, Sánchez alentó la movilización del mundo de la cultura a favor de su proyecto político. «Se equivoca quien exige un sector cultural anodino y equidistante», dijo como quien eructa. Acto seguido concretó que la cultura debía defender «valores que se pueden estar poniendo en cuestión», entre los que citó los servicios públicos, la crisis climática o la salida de Israel del festival de Eurovisión. Pero, claro: ¿quién puede escribir una oda al proctólogo o al centro de salud? ¿Quién es capaz de estremecerse ante la insondable belleza de una isobara? Quizá solo Luis García Montero, el poeta de la nómina, que hace mucho nos enseñó que la ternura es compatible con la subvención y que se puede llorar con métrica sobre un asiento mullido. Todo esto me da pena por los chavales que, por ósmosis, pueden acabar pensando que un poeta no es un loco sagrado sino un portavoz de campaña. Y que escribir no es un compromiso con la herida sino con el Régimen que le alimenta.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 15 de junio de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).