Hay exposiciones que provocan una reflexión introspectiva. Esas son las mejores, el arte como espejo, como pausa, como oportunidad para levantar el pie de este acelerador desquiciado y pensar en lo que realmente importa, pero, además, hacerlo desde el punto de vista de gente más brillante, es decir, desde un nivel que nos resulta ajeno. Porque al arte se va en andrajos, desnudo, como un niño de Dickens comiéndose las migajas que se les caen a otros. Al arte no se puede ir en un plano de igualdad y mucho menos desde uno de superioridad: al arte se va con la cabeza gacha y el bloc de notas. Porque el artista es la élite de la sociedad y al igual que no vemos coches de Fórmula 1 por la calle ni a gente vestida con piezas de alta costura en el metro, tampoco se suelen ver a demasiados genios en el bar. Los museos son un buen lugar para toparse con la producción de esa élite intelectual, que suele coincidir con la élite moral, porque cada día tengo más claro que todos los malos son, además, una panda de imbéciles.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 29 de junio de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).