Ah, el abanico. Qué maravilla. Es uno de los imprescindibles para un viaje en tren. Otro es el agua. Hace falta mucha agua, agua como para para cruzar el desierto de Almería a lomos de un dromedario asmático. Yo llevo varias cantimploras para un trayecto de una hora. Y bocadillos, varios bocadillos, que uno sabe de dónde sale, pero no dónde se va a quedar tirado ni cuándo será la próxima vez que vaya a ingerir algo de alimento. Y una manta, claro, por si te toca hacer noche en algún punto de Toledo, que allí por la noche hace ‘rasca’. Conviene llevar medicinas, un botiquín completo con antibióticos, antirrábicos, Fortasec, suero oral, algo para el colesterol y hasta un antídoto por si te pica una víbora en Córdoba. Y por supuesto, una navaja suiza. También una linterna de dinamo, por si te encuentras por la noche con saboteadores de esos que dice María Jesús Montero. Yo me los imagino como una nueva versión de los bandoleros de Curro Jiménez, hombres perdidos que recorren Andalucía desde la serranía de Ronda hasta el AVE solo para hacer daño al Gobierno. O simplemente animales, que si te quedas colgado en Puertollano tiene que estar aquello infestado de linces ibéricos y quebrantahuesos que te miran mal.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 7 de julio de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).