España es un país que vive del turismo, pero cuyos habitantes no quieren ser camareros. Batimos récords de visitantes, pero para atenderlos necesitamos importar mano de obra, porque los españoles no queremos poner cafés. España, así, se ha convertido en un lugar en el que extranjeros pobres ponen coca–colas a extranjeros ricos mientras los nativos miran el móvil. No es mala idea: tenemos el negocio alquilado, pero mantenemos su propiedad. Subcontratamos el sol a sudamericanos para que se lo vendan a centroeuropeos. El sol no es deslocalizable, así que nos quedamos con los beneficios, con las cotizaciones y con los impuestos, pero sin mancharnos las manos. Por eso da igual que el restaurante sirva hamburguesas, paellas o pizzas: el personal es el mismo, un plantel indiferenciado de colombianos, peruanos y venezolanos. Se adaptan bien, dominan el idioma y son buenos tratando con el público. Y, sobre todo, no tienen problema en pelar patatas y fregar platos para que nosotros, al otro lado de la barra, podamos seguir quejándonos de la inmigración.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 19 de julio de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).