Yo no nací en Tierra de Campos, pero estoy atado a ese lugar de por vida. Allí pasé mucho tiempo en mi infancia, pero, a medida que el tiempo avanza, en lugar de sentir que mis recuerdos se disipan, siento que crecen, que se hacen gigantes y que se llenan de matices hasta convertirse en algo que empieza a ser parecido a la mentira. Es sabido que todo autor es, antes que cualquier otra cosa, un testigo. Lo aprendí de Primo Levi, que mientras estuvo en el campo de concentración, no luchaba para sobrevivir sino para testimoniar. Es el hecho de ser testigo lo que te convierte en escritor. La necesidad de contar algo nace tras haberlo vivido de cerca. Sin embargo, la habilidad de contarlo bien, paradójicamente, exige tomar distancia. La cercanía no otorga calidad sino vulgaridad a lo escrito, una cosa es escribir y otra redactar; una cosa es un bosquejo de unos girasoles y otra un cuadro de Van Gogh. Incluso para escribir una crónica es necesario que pase tiempo entre lo vivido y lo escrito. Óptimamente, la distancia no solo ha de ser temporal sino también espacial, hay que dejar una brecha física que te obligue a retratar lo vivido acudiendo para ello a las imágenes almacenadas en el recuerdo y no a las imágenes que estás viendo en directo, mediocres y nítidas como un bar sin humo.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 25 de julio de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).