
Me preguntas hoy, mi querido amigo, acerca de la extraña y enfermiza relación que mantiene el español con la playa. Supongo que te refieres a la estación estival, porque, durante otras épocas del año, la cosa varía y mucho. Por ejemplo, quizá tengas en la cabeza la imagen de ese runner en calistenia que, en pleno mes de octubre, se corre diez kilómetros en una playa de Cádiz con las danzas húngaras de Brahms sonando en los cascos. O esa mujer que, durante la primavera, se pone un vestido largo y vaporoso y recoge sus cabellos rubios en una coleta para mirar la inmensidad del mar junto a su Golden Retriever, que le lleva y le trae una pelota de tenis. Esa misma mujer, por cierto, poco después, volverá a su cabaña para, vestida solamente con una camisa de él, mirar a través de la ventana mientras calienta sus manos con una taza de té matcha.
Ambas son escenas creadas por la publicidad y el cine, por supuesto, y pretenden asociar las playas a puntos de soledad, poesía y huida. Es decir, exactamente a lo contrario a la realidad de la canícula. Si vas hoy mismo a las playas de nuestra España lo que vas a encontrar no es a un runner centroeuropeo o una supermodelo que pasa las hojas de un libro de Virgina Woolf sino a algo muy diferente, Nickie.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 31 de julio de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).