Punk es ‘Yung Beef’, que comenzó a consumir droga con once años y a venderla con catorce, que se tatuó la cara entera como declaración de guerra a cualquier posibilidad de trabajo ‘respetable’ y que afirma que «mi único enemigo es Jesucristo», que «soy una cucaracha en el sistema» y que «el trap no es consumir cocaína, sino venderla». Estuve en un concierto suyo y aún no me he recuperado. Musicalmente fue una basura –a ver qué piensan que hacían Sex Pistols–, pero no he visto algo tan diferente y extremo desde Javier Corcobado, que es otro punk, claro. En un viaje en tren en el 96, a Corcobado le entró el mono, pero no llevaba jeringuillas, así que le explicó al revisor que era diabético y en cuestión de minutos se metió un pico de heroína en el Talgo. Sus conciertos eran apocalípticos: humo espeso, luces hirientes y una voz que parecía salir directamente de una caverna. Algunas noches se subía al escenario con una botella en la mano y terminaba en el suelo, envuelto en su propio sudor, como si cada canción hubiera sido una pelea a muerte. Otras desaparecía entre el público para cantar a centímetros de la cara de algún espectador aterrado o para lanzar improperios a los técnicos si algo sonaba ‘demasiado limpio’.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 11 de agosto de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).