A veces, la historia del arte se parece poco a un manual y mucho a una novela de intriga donde los protagonistas no llevan gabardina y lupa, sino títulos nobiliarios y cartas con membrete. Estamos en Valladolid, en el año 1603. La corte de Felipe III está instalada en la ciudad y un joven pintor flamenco, de apenas veintiséis años, pisa nuestras calles con un doble papel como diplomático y artista. Se llama Pedro Pablo Rubens y reside en un palacio situado en la actual plaza de San Juan, en concreto en el espacio que luego sería el Colegio San José. Porque hay gente con buen gusto hasta en Siegen. Rubens lleva consigo cartas, encargos y mucho talento. En nuestra ciudad pintará ese retrato ecuestre del duque de Lerma que todavía hoy es uno de los orgullos de El Prado. Y aquí empieza la leyenda.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 29 de agosto de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).