
Recuerdo aquella semana en la que se me estropearon el frigo y la lavadora. Para mi desesperación, dijeron ‘basta’ a la vez, como esas parejas que, tras una vida juntas, se van de la mano. Cuando fui a la tienda, creyéndome protagonista de un suceso extraordinario, el dependiente sonrió y me dijo que es normal, que estas cosas suelen tener una vida útil similar y que, si se compraron juntos, tiene sentido que dejen de funcionar a la vez. Tengo la sensación de que en España está pasando algo similar, como si todo formara parte de la obsolescencia programada: los trenes dejan de funcionar, sufrimos un apagón y el laberinto competencial se muestra inadecuado para resolver emergencias; la sanidad está saturada, la educación sufre por los continuos cambios de ley y la justicia agoniza atascada e inmersa en una crisis profunda. Pero eso no es lo peor: la realidad es que, le pese a quien le pese, la Constitución también empieza a dar síntomas de fatiga estructural.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 8 de septiembre de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).