Praga se entra o por la cerveza o por la cultura. Dicho de otra manera, hay que elegir entre abrir la puerta de la taberna o la del teatro. No son teatros como los nuestros, salas más o menos grandes de aire decimonónico, con pesadas cortinas sobre las tablas y lámparas de araña en el foyer. Se trata de pequeñas salas independientes, a medio camino entre el centro cívico y el contubernio bolchevique. Nunca sabes si la señora que entra por la puerta viene de comprar carne para el goulash o de venderla para el gulag. Tampoco los bares son como los nuestros y no hay cabezas de toros mirando cabezas de gambas. Los bares de Praga tienen a la vez algo de sacramento y de trinchera. La madera oscura te recibe como un confesor, las paredes guardan la pátina de los años y la conversación más valiosa es la que se mantiene con uno mismo. En Bohemia la alegría es un estadio privado.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 14 de septiembre de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).