
Cuando despertó, Bolaños aún estaba allí. Cayetana Álvarez de Toledo lo miró con una mirada nueva, diferente a la de otras veces, como si, de alguna manera, estuviera creciendo en ella una compasión espontánea e imprevista y todos los presentes fuéramos a convertirnos en testigos de la epifanía. Pero conviene no confundir compasión y condescendencia. La condescendencia implica soberbia; la compasión, empatía. Parecen términos similares, pero son opuestos. Y esto no recordaba a la palmadita en el hombro de un cínico sino más bien a la mirada de un Santa Coloma que, del fondo de su casta, saca la nobleza y, en lugar de seccionarte la yugular, te secciona las previsiones. Así que tras escuchar cómo Bolaños volvía a hacer referencia a su familia y a su linaje, respondió: «Mire, señor Bolaños, entre usted y yo hay una diferencia esencial: yo a usted no lo odio; usted a mí, sí. Yo puedo odiar lo que usted hace, pero usted odia lo que yo soy. Referencias a mi apellido, a mi origen argentino y a mi familia, de la que usted no sabe nada. Ni mil asesores le han servido para saber quiénes fueron mis padres: una chica argentina y un francés liberal y valiente que se alistó contra el nazismo. Usted odia por identidad, como un totalitario. No debate, demoniza. En realidad, la ruina de la conversación pública es consecuencia de una decisión política».
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 18 de septiembre de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).