Cómo va todo, amigo mío? Ya ha terminado el verano y aún sin escribirte. Espero me sepas disculpar; créeme que me resultaba imposible hacer nada bajo la tristeza mórbida que sale de los mojitos y las bachatas. Aún puedo sentir en la boca el regusto a lágrimas del salitre, como una especie de magdalena de Proustque me eriza hasta el vello de las cejas. Gracias a Dios todo eso terminó, y a la vulgaridad de la sandía y del melón les ha sucedido la elegancia de las uvas y los higos. Desde luego, no me compares la enfermiza canícula del verano con el leve sol del membrillo, que nos calienta por dentro, hartos ya de arder por fuera.

Ha llegado el otoño a Madrid, Nickie. Con todo lo que ello implica. Tú no lo puedes entender del todo porque eres de Sheffield y allí el otoño no es un acontecimiento sino un trámite administrativo. Pero no pasa nada, aquí estoy yo para explicarte que, en España, el otoño no es una estación sino un género literario. Y está cargado de connotaciones. El otoño invita al café y al silencio. Aparece el orden, vuelven las comidas serias y las sonrisas de los niños pueblan de nuevo las calles.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC CULTURAL el 4 de octubre de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).