Si Palestina es el nuevo Vietnam, la Flotilla ha de ser Woodstock. En el de entonces no apareció un Dylan cansado de los predicadores del amor libre, así que solo nos queda averiguar quién de todos es Hendrix. Quizá Guardiola. El resto hemos pasado de defender a los palestinos por compasión a tener que defender a la Flotilla por obligación, que es como pasar de defender una guardería a un ‘reality show’ semoviente. Y por ahí no paso. El objetivo de la Flotilla no pasa por lo humanitario sino por redirigir la misericordia hacia el puño en alto. Un puño por la paz no deja de tener algo de oxímoron, como el pacifismo a golpes de batucada. Ojalá la siguiente revolución cambie los tambores por arias de Verdi. En cualquier caso, lo que se busca no es la paz –exigir a Hamás que cumpla, libere a los rehenes y se vaya al vertedero de la historia–, sino el selfi moral, que es la versión extendida del selfi ideológico. Así que no se trata solo de salir guapo en la foto de familia de el-lado-correcto-de-la-historia, sino de abrir ventanas de comunicación, que dicen los cursis, para que el mundo se autodivida entre humanos e inhumanos, como cuando dos rebaños de ovejas se cruzan y, tras un breve momento para el caos, cada uno acaba por entrar en su propio establo. Yo, cuando veo abierta una ventana de comunicación, tiendo a defenestrar al que la ha abierto. Y cuando veo dos rebaños, empatizo con el border collie. Pero, en caso de dudas, conviene localizar el lado correcto de la historia para echar a correr hacia el otro. Indro Montanelli decía que en una caza de brujas siempre hay que ponerse de parte de las brujas. Y yo me pongo de parte de Montanelli.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 6 de octubre de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).